Para Recordar

Nada de lo que el mundo ofrece viene del Padre, sino del mundo mismo.

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

LA HISTORIA DE LIZZY Imprimir E-mail

lizzy1Esta historia de mi vida es muy hermosa pero no la habia publicado aquí ya que fue un regalo especial del Señor para los primeros usuarios registrados en  la página.  Ahora quiero  compartirla con todos.

A finales del 2010, después de ver una  pelicula  sobre la vida de un esforzado y triste misionero, me sentí  agobiada por la cantidad de niños que nacen y crecen en condiciones de miseria y en medio del pecado, y le decía al Señor que ningún esfuerzo era suficiente para aliviar tanto sufrimiento. Le preguntaba si no preferia tener a sus pequeños con Él,  en lugar de verlos sufrir.  Así empezó la historia de Lizzy.

Por la misma época y   después de años de ruegos, acepté comprar una mascota para mis hijos y opté por un conejo, creyendo que sería la que menos nos complicaría la vida. Nos fuimos todos hasta un criadero ubicado en las afueras de la ciudad y escogimos una preciosa conejita blanca con pintas amarillas. La llamamos Lizzy.  

En 10 días el animalito ya se mostraba muy adaptado a esta familia: entendía su nombre y órdenes simples como “ven”, “toma”, “sube”, “baja”, “no!”; se dejaba alimentar y acariciar; aprendió en donde quedaba su WC; mostró preferencias de lugares para tomar el sol, jugar, dormir, e indudablemente se sentía a gusto.

Pero entonces amaneció con una “pelota” de líquido sobre uno de sus muslos. Llamé al criadero y me ofrecieron cambiarla por otra. Pero no queríamos otro conejo…ni pensar en dejar a esa pequeñita a la que le fabricamos un túnel, le compramos su jaula, su collar, su cepillo, sus elementos de aseo; cómo abandonarla cuando cada vez se mostraba más gustosa con nuestra compañía y cómo abandonarla así…enfermita!

Buscamos una clínica veterinaria reconocida, esperando que allí atendieran nuestra mascota “exótica” y en efecto la atendieron, a un costo también reconocido. Le rasuraron la zona afectada, le drenaron el líquido acumulado y le recetaron dos medicamentos. No importó tanto ver a Lizzy rasurada ni lo complicado que era hacerle tragar sus medicinas, solo queríamos verla bien, pero se le formó un absceso que era necesario extirpar.

¿Asumir más gastos y molestias por esa mascota que valió tan poco? o tal vez, ¿mandarla sacrificar? La sola idea de sacrificarla nos hacía llorar, a mi hija y a mí. Aún mi esposo –que no permanece en la ciudad y que compartió tan poco tiempo con Lizzy- se resistía a la idea de sacrificarla. Se pagó la operación pero la delicada piel de conejo se rasgó al abrirla así que ahora quedó con una enorme costura sobre una enorme zona rasurada.

Ya en casa, como sufríamos al ver a Lizzy: no solo había dejado de ser un “peluche” digno de exhibir, con esa tremenda costura , sino que no podía comer ni tomar agua ni meterse a su jaula o a su túnel debido al “collar isabelino” que le pusieron para que no se mordiera los puntos. Tampoco podía lamer su pelaje – tarea que la ocupaba bastante tiempo y que la mantenía limpiecita y hermosa- así que día tras día se veía más sucia y desagradable. El primer día no soporté verla tan incómoda y le quité el collar pero se lastimó las heridas y entonces, obviamente, no lo volví a hacer. Pero Lizzy seguía haciéndose daño, seguramente en la noche, cuando nadie la veía, encontraba la forma de llegar hasta las heridas con sus dientes, se quitaba los puntos, se arrancaba la piel, se impedía sanar.

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Antes de irme a dormir siempre llamaba a Lizzy y ella se recostaba a mi lado para dejarse acariciar. Entonces yo repasaba sus largas orejitas caídas mientras le hablaba dulcemente. Cuánta ternura me inspiró este pequeño ser! De ahí el ánimo para asear su terraza siempre a primera hora; de ahí el valor para limpiar sus heridas, repugnantes a la vista; de ahí las lágrimas que derramé al saber que no la volvería a ver; de ahí el recuerdo que siempre quedará en mi memoria.

Creí que allí acababa la historia, pero no. El domingo siguiente, al comulgar, avergonzada por mis muchas faltas de la semana, le decía al Señor que, a pesar de mis pecados, mi egoísmo, mi impaciencia…. etc,etc, yo no me alejaría de Él; y entonces recordé vivamente a Lizzy, cuando sucia, herida y terca, se recostaba a mi lado para que la acariciara. En ese instante el Señor me hizo sentir su infinita ternura hacia mí y me hizo entender varias cosas:

Yo siempre te amaré a pesar de todo…a pesar de eso que a los ojos de otros puede parecer repugnante. Por eso me lleno de ternura cuando me buscas, cuando te acercas a mí. Siempre te extenderé los brazos.

Y tú me has dicho que porqué permito a mis hijos vivir en tanta pobreza material y espiritual, y que la muerte sería menos cruel que esa vida; Que cualquier esfuerzo resulta insuficiente para disminuir el sufrimiento de tantos!. Tú que no quisiste sacrificar tu coneja y que estabas dispuesta a pagar lo que fuera, y a llenarte de molestias, si te hubieran dicho: vivirá!! No te importaba que te dijeran “que asco” o que no te volvieran a visitar por la apariencia de tu mascota… tú la querías y eso bastaba!!. Ves porqué no quiero la muerte de esos hijos que viven “en condiciones de miseria, en medio del vicio o del pecado, sin oportunidades”? Yo ofrecí mi vida por ellos… por todos!!. Así, yo espero… yo busco, yo pongo los medios para que esos hijos se sanen…yo hago hasta lo imposible. Así, yo sufro cuando les veo sufrir, cuando les veo hacerse daño. Así me siento a veces impedido de darles un alivio en sus penas porque sé que será peor.

Y no amaré también Yo a esos que se desgastan por mis pobres, enfermos y miserables? No proveeré en todas sus necesidades? No estaré presto a atender sus súplicas? No es mía su causa?