Para Recordar

Yo me acuesto tranquilo y me duermo enseguida,  pues tú, Señor, me haces vivir confiado.

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

GAUDETE ET EXSULTATE -Resumen del resumen Imprimir E-mail

Pensando en sacar un folleto corto para distribuir, he tratado de resumir al máximo esta carta del papa Franciso, y aqui está un compendio de 5 páginas tamaño carta.

 

EXHORTACION APOSTOLICA GAUDETE ET EXSULTATE

(Alegraos y Regocijaos)

Sobre el Llamado a la Santidad en el Mundo Actual

 

CAPÍTULO PRIMERO - EL LLAMADO A LA SANTIDAD

El Señor llama a cada uno de nosotros: «Sed santos, porque yo soy santo”. No se trata de intentar imitar modelos de santidad inalcanzables sino de “encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos”; por ejemplo evitar hablar mal de los demás, escuchar con paciencia y afecto a los que nos rodean, en un momento de angustia conservar la fe y recurrir a la oración. Santos no solo son los reconocidos por la Iglesia gracias a sus virtudes heroicas y su entrega a los demás, sino personas cercanas que conocemos y que “aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor”, y todos los que reflejan a Dios con un testimonio de fe y caridad en su vida.

La santidad se mide por el grado en que modelamos nuestra vida según Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo; El Señor actúa también en medio de los errores; La santidad es el encuentro de tu humanidad con Dios, “de tu debilidad con la fuerza de la gracia”.

El llamado incluye contemplación y también acción; a veces podemos ser tentados a huir para no perder la paz o somos movidos por la ansiedad o el orgullo para hacer cosas que -en ese caso- no nos santificarán. Podrán darse momentos de mucha actividad, de distracción, de sentir profundo abandono o soledad, o acedia, pero cada uno de ellos debe ser vivido como “un escalón en nuestro camino de santificación”.  No hay que temerle a la santidad, porque para eso hemos sido creados y llamados a asumir “los roles como sal de la tierra y luz del mundo”; amados, liberados, dignificados y guiados por Dios.


CAPÍTULO SEGUNDO -DOS SUTILES ENEMIGOS DE LA SANTIDAD

 

Se trata de dos herejías que surgieron en los primeros siglos cristianos y que pueden de alguna manera estar manifestándose en nuestra vida.

El gnosticismo es la aceptación de una fe subjetiva e individualista en la que la persona se queda como encerrada en su propia razón y sentimientos; se pretende controlar el misterio de Dios y de su gracia, así como su obrar en la vida de los demás. Pero “Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa…no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar para encontrarlo”. Tampoco se puede pretender definir dónde no está Dios, porque él está misteriosamente en la vida de toda persona, aun cuando no lo parezca.

El pelagianismo Aunque la gracia de Dios es exaltada con palabras, la idea solapada que se transmite es que todo se puede con la voluntad humana, “a lo que se añade” la gracia de Dios; pero, justamente, el no reconocer con humildad nuestros limites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros. No hay que olvidar que no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, realmente todo es gracia pues “«frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito alguno de parte del hombre”.

Los nuevos pelagianos son los que se empeñan en lograr -con sus propias fuerzas- éxitos en cuestiones legales, políticas o sociales en lugar de dejarse llevar por el Espíritu para comunicar el Evangelio a tantos sedientos de Cristo. Otros complican el Evangelio “quitándole su sencillez cautivante y su sal” por darle demasiada importancia a ciertas normas, costumbres o estilos; No hay que desviar la mirada de las “dos riquezas que no desaparecen: Dios y el prójimo”.


CAPÍTULO TERCERO -A LA LUZ DEL MAESTRO

 

Que mejor que recoger las sencillas palabras de Jesús en el sermón de la montaña para explicar cómo ser santos.

«Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos»

El Evangelio nos invita a reconocer en dónde tenemos puesta la seguridad de nuestra vida. Normalmente el rico se siente seguro con sus riquezas, satisfecho de sí mismo y no tiene espacio ni para la palabra de Dios ni para amar a los hermanos ni para gozar de otros bienes mayores. “Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad”. Esto es alcanzar una «santa indiferencia» y libertad interior que nos permite aceptar con paz todo lo que nos venga.  El Evangelio también sugiere parecernos más a Jesús llevando una vida austera en lo material. Ser pobre en el corazón, esto es santidad.

 

«Felices los mansos, porque heredarán la tierra»

En un mundo en que se vive en actitud defensiva y crítica, donde reina el orgullo y la vanidad, Jesús propone otro estilo: la mansedumbre. “Él dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas». “Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles.”

“Aun cuando uno defienda su fe y sus convicciones debe hacerlo con mansedumbre”; No importa parecer débil; Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.

 

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados»

“El mundo no quiere llorar”; “El mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión…”. El mundano prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas y huir de una realidad donde “nunca, nunca, puede faltar la cruz”.

“La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas”. Saber llorar con los demás, esto es santidad.

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados»

Jesús le dice a los que de verdad anhelan la justicia que serán saciados, “ya que tarde o temprano la justicia llega, y nosotros podemos colaborar para que sea posible, aunque no siempre veamos los resultados de este empeño”. “Pero la justicia que propone Jesús no es como la que busca el mundo, tantas veces manipulada…”; es la que empieza por uno mismo, siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.

 

«Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»

“La misericordia tiene dos aspectos: es dar, ayudar, servir a los otros, y también perdonar, comprender. Mateo lo resume en una regla de oro: «Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella»”, aplicable especialmente en casos difíciles.

 

En esto insisten los evangelistas: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará. «Con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (medida para dar, comprender y perdonar). “No nos conviene olvidarlo”.

Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.

 

«Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios»

“Esta bienaventuranza se refiere a quienes tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad”; “En la Biblia, el corazón son nuestras intenciones verdaderas, lo que realmente buscamos y deseamos, más allá de lo que aparentamos…” ; Dios sabe «lo que hay dentro de cada hombre»”. Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad.

 

«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios»

Algo muy común son los malentendidos. “El mundo de las habladurías, hecho por gente que se dedica a criticar y a destruir, no construye la paz. Esa gente más bien es enemiga de la paz y de ningún modo bienaventurada”. “Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social”; “Y si en alguna ocasión en nuestra comunidad tenemos dudas acerca de lo que hay que hacer, «procuremos lo que favorece la paz» porque la unidad es superior al conflicto”.

“No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses”. Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza”. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.

 

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»

“No se puede esperar, para vivir el Evangelio, que todo a nuestro alrededor sea favorable, porque muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra”. “La cruz, sobre todo los cansancios y los dolores que soportamos por vivir el mandamiento del amor y el camino de la justicia, es fuente de maduración y de santificación”. Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad.

El gran protocolo Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en el capítulo 25 de San Mateo hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». Este llamado a reconocer a Cristo en los pobres y sufrientes “revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse”.

El papa Francisco exhorta a cambiar la forma de ver a un hermano necesitado, no como una molestia sino como “un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos!” Y no solo se trata de realizar algunas buenas obras sino de buscar cambios sociales y económicos que acaben con la exclusión.

No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo -cualquiera que ella sea-. La misericordia con el prójimo es el sacrificio que más le agrada y le da gloria a Dios, a la vez que nos santifica; “es la llave del cielo” porque nos hace verdaderos hijos de Dios.

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“La fuerza del testimonio de los santos está en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final. Son palabras sencillas para ser practicadas en la vida cotidiana, por eso el Santo Padre recomienda “releer con frecuencia estos textos bíblicos, orar con ellos, intentar hacerlos carne. Nos harán bien, nos harán genuinamente felices”.

 

CAPÍTULO CUARTO -ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL

 

Además de los medios de santificación conocidos como la oración, la Eucaristía y la Reconciliación, el papa Francisco quiere destacar los siguientes:

Aguante, paciencia y mansedumbre: estar centrado, firme en torno a Dios que ama y que sostiene; no devolver «a nadie mal por mal»; no querer hacerse justicia por cuenta propia; vencer «al mal con el bien»; «Desterrar la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad». El santo evita ser duro y actuar como juez de los demás. La humillación es otra parte “ineludible de la imitación de Jesucristo…” , un ejemplo es elegir las tareas menos brillantes, soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor, callar en lugar de elogiarse.

Alegría y sentido del humor El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado; aún en tiempos de dolor, nada puede destruir la alegría sobrenatural que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Se encuentra la alegría en dar, en compartir, en vivir el amor fraterno.

Audacia y fervor, entusiasmo y empuje evangelizador, animados por la certeza de que Jesús nos acompaña y de que el Espíritu Santo obra; Muchas veces estamos tentados a quedarnos cómodos, “paralizados por el miedo y el cálculo”, entonces, como los apóstoles hay que pedir el empuje del Espíritu Santo.

En comunidad “La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado»” que la va santificando; Él se hace presente a través de los pequeños detalles cotidianos de la vida comunitaria, sea en la familia, en la parroquia, en la comunidad religiosa o en cualquier otra.

En oración constante El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios”…”aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos”.

Lo recomendado es “procurar andar siempre en la presencia de Dios”… “sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa”; No obstante, también son necesarios algunos momentos a solas con Dios, para escucharlo, para dejar que nos mire y nos inflame el corazón; con gratitud por todo lo que ha hecho, por todo lo que nos ha dado, con confianza.

La oración de intercesión “tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo”.

“Si de verdad reconocemos que Dios existe no podemos dejar de adorarlo, a veces en un silencio lleno de admiración, o de cantarle en festiva alabanza”.

“La lectura orante de la Palabra de Dios, “más dulce que la miel”, y «espada de doble filo» nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino”.

“El encuentro con Jesús en las Escrituras nos lleva a la Eucaristía, donde esa misma Palabra alcanza su máxima eficacia, porque es presencia real del que es la Palabra viva. Allí, el único Absoluto recibe la mayor adoración que puede darle esta tierra, porque es el mismo Cristo quien se ofrece. Y cuando lo recibimos en la comunión, renovamos nuestra alianza con él y le permitimos que realice más y más su obra transformadora”.

 

CAPÍTULO QUINTO -COMBATE, VIGILANCIA Y DISCERNIMIENTO

 

Combate y Vigilancia. “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida”. Jesús mismo en la oración del Padrenuestro nos enseña a pedir al Padre que nos libere del Malo, “un ser personal que nos acosa”. “No es un mito ni un símbolo ni una idea”; “Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios”.

Para el combate tenemos la oración, la Palabra de Dios, la Misa, la adoración eucarística, la confesión, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero”. Alimentar lo bueno, el amor y el crecimiento espiritual es el mejor contrapeso ante el mal.

“Estad en Vela”, porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios pueden descuidarse y caer en tal tibieza espiritual, que terminan peor que al principio.

El discernimiento “¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo? La única forma es el discernimiento, que no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir y desarrollar. No solo es necesario en momentos extraordinarios, hace falta siempre para reconocer las inspiraciones del Señor en lo grande, en lo pequeño, en lo cotidiano, y requiere la disposición de escuchar -al Señor, a los demás y a la realidad misma- y de renunciar a los propios puntos de vista, costumbres y esquemas. La escucha implica también obediencia al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia, que mostrarán un camino fecundo y actual.

 

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“Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña… Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica… Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentémonos unos a otros en este intento. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar”.