Para Recordar

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, dice el Señor

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

"HE AHí A TU MADRE" (Jn 19;26) Imprimir E-mail

Mi percepción de la Santísima  virgen María como una “madre” comenzó tímidamente  hacia los 19 años, gracias al testimonio de mi hermana mayor; según ella, el hombre con quien se casó había sido pedido en detalle a la Santísima Virgen, y resultó como “mandado a hacer”. Puesto que mi mayor deseo también era casarme y formar un hogar, siguiendo los consejos de mi hermana mayor, le pedí a la Santísima Virgen un esposo con unas características físicas y espirituales muy específicas …y tal cual apareció - debo aclarar que en ese entonces poco pensaba en los rasgos espirituales-. Desde entonces empecé a desarrollar un especial cariño por María Santísima y a verla como una mamá.

En 1991, por  gracia de Dios, empecé a buscarlo y también por gracia suya empecé a darme cuenta de su profundo amor y protección. Una compañera del trabajo me invitó al grupo de oración de su parroquia, la cual no quedaba muy lejos de mi casa; el grupo estaba integrado en su mayoría por adolescentes que cantaban y oraban con gran alegría y entusiasmo, siendo mi amiga y yo las más viejas y  apagadas del grupo.Empecé a asistir asiduamente cada semana notando como es natural  un cambio en mi vida: alegría , paz, fe… Sin embargo un hecho en particular marcó mi corazón de forma definitiva.Siempre durante la sesión se hacía una oración profunda en el silencio y la oscuridad, y posteriormente se compartían experiencias. Nunca faltaban los testimonios de varios jóvenes que decían haber sentido, visto o escuchado algo sobrenatural y, aunque mi amiga y yo nunca sentíamos nada especial, considerábamos que verdaderamente el Espíritu Santo debía manifestarse en esas almas tan sencillas y espontáneas.En una de estas reuniones, durante la oración profunda, yo, que acostumbraba siempre orar a Jesús, recurrí a María Santísima con lágrimas en los ojos para decirle algo como: “dile a tu hijo que yo lo amo mucho, que porque nunca se manifiesta conmigo..”, inmediatamente mi compañera me dijo al oído: “Jesús dice que te diga que El te ama”; yo no podía creerlo, le insistía a mi amiga para que me dijera exactamente qué había visto, cómo y porqué, pero ella tampoco entendía, solo estaba segura de que Jesús le había hablado y como ella en principio se resistía a comunicarme el mensaje El le reiteró:  “!dile!, ¡dile!”.Desde entonces, esa verdad  cobró fuerza en mi corazón y nunca se apartó de mí: “Jesús te ama”. Además, este suceso afianzó en mí la confianza y el especial cariño que ya sentía  por  María Santísima a quien empecé a ver tan cercana, tan solícita, tan comprensiva, como es, en fin, una mamá y en las angustias más apremiantes empecé a acudir a ella…si Jesús siempre me contesta, a través de su madre me contesta YA!

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En 1996, durante mi primer embarazo, y ante el “abandono” de mi esposo, en medio del dolor yo me había refugiado en María Santísima a quien diariamente le pedía por él. A pesar del desconsuelo y la rabia que sentía, yo le rogaba a nuestra Señora por el bienestar de ese hombre de tal forma que si la nueva relación le convenía, prosperara, y si no que le diera la luz necesaria  para comprender el error. Al volver, mi esposo confesaba confundido no saber exactamente lo que había pasado, simplemente un buen día sintió como si “le hubieran corrido un velo” y pudo aclarar sus sentimientos.

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A mediados de este triste embarazo y en la época en que acudía permanentemente al consuelo de María Santísima tuve un sueño tan claro, tan profundo, tan real, que al despertar me asombré de que hubiera sido solo un sueño y sentí nostalgia por ello. Solo fue una imagen en la que yo le regalaba a  la Santísima Virgen muchísimas flores, unas blancas y otras rojas pero todas ellas mezcladas. En cuanto pude compré varias docenas de flores –blancas y rojas- adornando con ellas una imagen de la Virgen, mostrándole mi disposición de complacerla, no obstante siempre supe que el sueño significaba mucho más.

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Creo que todas las personas han experimentado la angustia de una enfermedad, propia o de un ser querido, la cual no es debida u oportunamente diagnosticada o que, al parecer, es tomada a la ligera por los médicos mientras que genera en el paciente y sus familiares sentimientos de miedo, confusión e impotencia. Precisamente en este estado de angustia me encontraba yo cuando, teniendo el antecedente de un hermano fallecido en sus primeros meses de vida por una diarrea crónica, mi hijo de seis meses contrajo una infección que le provocó una fuerte diarrea que, empeorando día a día, persistía ya por casi tres meses. Una noche, luego de cuatro médicos, exámenes varios, dietas y muchos remedios caseros, le escribí una carta a la Santísima Virgen pidiéndole con lágrimas en los ojos que por favor, al día siguiente, me presentara a la persona que podía curar al niño sin más demoras. Justo al día siguiente, y muy temprano, me encontré con una vecina a la que le comenté sobre la enfermedad del niño; al instante me concertó una cita con un médico de su confianza, quien, en un barrio popular, por un costo mínimo y de la forma más descomplicada me entregó una sencilla receta libre de exámenes y dietas que “funcionó” de inmediato, devolviéndonos la tranquilidad.

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En Octubre de 1998 salí con mi esposo y otros familiares a pasar el fin de semana en una casita de campo de nuestra propiedad situada aproximadamente a dos horas de la ciudad. Al llegar, ya entrada la noche, ante la indignación de mi esposo y la resignación de los demás, me di cuenta de que había olvidado las llaves para entrar a la casa. A pesar del sentimiento de frustración, decidimos adornar una grutita de la Virgen del Carmen que se encuentra junto a la casa y rezar un rosario, pues en el camino habíamos comprado unas flores  con ese propósito. Durante el rezo, yo le pedí insistentemente a la Virgen que nos permitiera entrar de alguna forma la casa pues me parecía inconveniente regresarnos a esa hora por el peligro de asalto en la carretera. Al terminar el rosario, y luego de revisar el techo y las ventanas de la casa por donde no había forma de entrar, emprendimos el regreso; Sin embargo, antes de salir a la carretera principal nos encontramos con un vecino del sector quien, después de dudarlo un rato, se animó a confesar que tenía copia de nuestras llaves. El vecino, apenado, no sabia explicar qué lo había llevado a tomarle copia a nuestras llaves alguna vez que se las dejamos para hacer un trabajo dentro de la casa; yo tenía la respuesta, interiormente saltaba de alegría y pensaba: La Divina Providencia.

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Durante tantos años de matrimonio en cuántas rifas, promociones y todo tipo de “ganchos” publicitarios no habremos participado mi esposo y yo cuando hacemos las compras del mercado. Además de las ofertas propias del almacén, siempre se encuentran en los aparadores multitud de productos que ofrecen la posibilidad de ganarse toda clase de premios y, aunque nosotros no les prestamos mayor interés, resultamos escogiendo por lo menos uno dentro del consumo normal de la casa. Pues bien, jamás nos hemos ganado nada, o mejor no habíamos ganado nada hasta que se lo pedimos expresamente a la Santísima Virgen. Esto sucedió en 1999, cuando en un acto de generosidad decidimos efectuar un mercadito adicional para la parroquia del barrio, destinado a las familias necesitadas. Cuando ya terminábamos las compras y nos dirigíamos al  puesto de pago, yo, tímidamente, le recordé a mi esposo que habían pedido también alimentos para cien familias que residían en un leprosorio y, como era de esperarse, él se molestó por mi falta de consideración al sugerir la adquisición de más alimentos para donar; no obstante, reaccionó enseguida con amabilidad diciéndome que el mercado completo iría para el leprosorio si la Virgencita quería y nos lo ganábamos gracias a la oferta que venía con el pan tajado; para este momento ya nos encontrábamos frente al cajero y yo solo alcancé a pensar “por favor..” dirigiéndome a la Santísima Virgen, antes de que un estrepitoso sonido anunciara que el mercado nos salía ¡totalmente gratis!!.

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Habiendo notado que el interés de mi esposo por asistir a la misa dominical bajaba progresivamente decidí empezar el rezo diario del rosario pidiéndole a la Santísima Virgen especialmente aumentar su fe. Dos días después, un 13 de mayo, al regresar mi esposo de un viaje de trabajo me sorprendió con la alegre noticia de que la Virgen le había hecho un milagro.. Llevaba mi esposo largo rato en una ardua tarea de ventas con un posible cliente, extremadamente terco y reacio a escuchar, cuando se presentó a su lado un vendedor de dulces pidiéndole una colaboración; empeñado en dejar, por lo menos, la inquietud en el cliente sobre las bondades del producto que ofrecía, mi esposo se esforzaba por lograr su atención mientras que intentaba deshacerse del vendedor ambulante, sin lograr ninguno de sus propósitos. Finalmente, desanimado por la terquedad del primero y desesperado por el acoso del segundo, acudió a la santísima Virgen ofreciéndole brindar una ayuda a aquel que se lo pedía si la Divina Señora hacía cambiar de actitud al hombre con quien intentaba dialogar. Sin esperar realmente una respuesta del cielo, mi esposo se dirigió al vendedor de dulces estirándole una limosna y no había aun terminado de recibir sus agradecimientos cuando al voltear se encontró con el semblante totalmente transformado del cliente, quien ahora, de repente, no solo se interesaba en conocer todas las ventajas del producto que mi esposo le ofrecía sino que se disponía a comprarlo con toda amabilidad.

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En el mes de diciembre de 1999 y después de dos años de buscar con gran anhelo el segundo hijo, mi esposo y yo decidimos no recurrir a ningún tratamiento médico y dejar el asunto en manos de Dios. En el mismo mes empecé una especie de “novena” a María Santísima en la cual para cada día se sugería un propósito o tarea especifica para honrar a la Divina Señora; en uno de los días sin embargo, en lugar del propósito se indicaba: “hoy pídeme lo que quieras” y yo, haciendo el último intento, de rodillas pedí por la gracia de tener otro hijo. En el mismo mes quedé en estado de embarazo. Sin ninguna duda de que la Virgen bendita intercedió por mi petición le agradecí inmensamente su regalo e inicié nuevamente la novena en el mes de mayo del 2000, utilizando el mismo libro y pensando en algo que realmente valiera la pena pedirle a la Virgen en esta ocasión. Mi confusión fue grande al terminar el libro sin encontrar en ninguna de sus páginas la frase: “hoy pídeme lo que quieras”.

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El nombre de este bebé estaba listo desde hacía más de dos años. En 1998,  una noche le pedía a la Santísima Virgen que me inspirara el nombre de mis próximos hijos a pesar de que aún no lograba quedar embarazada.  A la mañana siguiente al despertar noté que había una hoja de periódico sobre mi cama, dejada allí desprevenidamente por mi esposo; al ojearla ví que en ella se encontraban los nombres Daniel y Sofía con su respectivo significado, su fecha de festividad y los rasgos de personalidad asociados con ese nombre y pensé que la Santísima Virgen respondía a mi oración en la seguridad de que no existen las casualidades, así que recorté y guardé este aparte del periódico.  Al nacer mi hija, casi dos años después de lo narrado, y a decir verdad dudando un poco de que realmente la Santísima Virgen me hubiera dado el nombre, la registramos como Sofía. Dos o tres días después de registrarla casualmente encontré el recorte de periódico  y lo volví a leer; mi sorpresa y alegría fueron enormes al ver que la fecha de festividad del nombre Sofía, que yo no recordaba para  nada, coincidía con la del nacimiento de la niña.

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En la noche del 12 de mayo del 2002, fecha en que se festejó el día de la madre, soñé que visitaba un jardín –lugar de oración- dedicado a la Santísima Virgen y que la Divina Señora aparecía entre las nubes tendiendo sus manos hacia mí mientras en ellas sostenía una rosa. Al estirar mis  brazos hacia ella,  con inmensa emoción, apareció en mis manos la rosa, de color rojo encendido, bellísima, y  me desperté. Pensé que mi subconsciente había trabajado en este sueño debido a las muchas rosas que vi ir y venir en el día de la madre y porque  al día siguiente, 13 de mayo, pensaba visitar el jardín y me imaginaba el gentío y  la terrible congestión de carros.  Ciertamente ese día llegaron bastantes visitantes al jardín y muchos de ellos llevaban flores. No sé si fue por esta razón  o si en verdad fue un mensaje de  parte de María, pero anunciaron por el micrófono que la Santísima Virgen deseaba regalar una flor a todos los que la visitaban ese día y  yo, que no me animé para nada, no me moví de mi puesto. Sin embargo, mi acompañante me pidió con un gesto que reclamara el anunciado regalo y lentamente me paré  para acercarme a  la valla en donde lo estaban entregando, no obstante, antes de llegar, una señora tocó mi hombro y con una amable sonrisa me obsequió una rosa a la vez que sostenía otra flor en la otra mano. La  rosa, de color vinotinto y un poquito deslucida, al parecer no tenía nada que ver con la hermosísima flor del sueño por lo que no me alegró particularmente, pero  la tengo guardada con especial afecto pues ya  no creo en  las casualidades.

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Durante la semana santa del 2003 asistí a un retiro y el sábado santo, la Santísima Madre del Señor  me dio una  gran alegría. El grupo de ejercitantes se concentraba ese día ante la imagen de la Virgen Dolorosa pensando en su tristeza ante la cruz y elevando diversas oraciones mientras que yo, un  poco distraída y a decir verdad sin gran fervor, le ofrecía a la Virgen mi consuelo, le secaba las lágrimas y le acariciaba la cabeza mentalmente; de repente un pensamiento vino a mi mente a una  velocidad tal que cortó inmediatamente mi oración y me dejó “sin palabras” : “Hija mía, mi mayor consuelo es que al menos para ti no sea en vano la muerte de mi hijo”. Al momento yo compartí con los demás mi oración y la “aparente” respuesta de la Santísima Virgen, sin mencionar que este pensamiento definitivamente no provenía de mí. Mi inquietud interior era enorme pues quería gritar a todos que la dulce Mamita me había hablado, pero siendo un retiro de silencio nadie estaba en disposición de dialogar.  Un rato después sin embargo, una joven se me acercó  con lágrimas en los ojos para decirme que en el mensaje que les transmití la Virgen le había hablado y posteriormente un joven se lanzó hacia mí con los brazos extendidos, abrazándome y felicitándome con alegría. 

Este hecho me alejó definitivamente de las reuniones del movimiento cristiano al cual venía asistiendo desde hacía varios meses; Al regresar del retiro le hablé con firmeza a la persona que me invitaba allí sobre mi amor a las doctrinas de la iglesia católica y a la Santísima Virgen, y le comuniqué mi decisión de no volverme a congregar en su casa, de no seguir asistiendo a los cursos. Al ver mi firmeza y convicción, ella entendió.

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Cuando empecé a frecuentar el rezo del rosario a la Santísima Virgen, casi siempre, notaba al terminar mis manos llenas de una finísima escarcha; sin embargo, una querida amiga me hizo ver que, por esperar el milagro, yo me distraía en la oración y con tristeza le prometí a mi madre del cielo no volver a buscar ese bello regalo. No la volví a ver hasta el día en que de rodillas y con lágrimas en los ojos ofrecí un rosario por una intención muy especial…al terminar mis manos estaban repletas de escarcha y a los pocos meses supe que la  petición había sido concedida.

ENERO 10 2005Esta noche me trajeron una imagen de la virgen que recibo el día 10 de cada mes, y en cuanto la recibí, mi hija de cinco años, que estaba sentadita en las escaleras se alegró mucho porque “la Virgen de verdad llegó”. Muy emocionada repetía que sintió de verdad a la Santísima Virgen quien le puso la mano en el hombro y le dijo” Sofía, anímate que estoy aquí”. Entonces  rezamos unas decenas del rosario. En agosto de este mismo año, la niña sintió de  nuevo la  presencia  de la Santísima Virgen y escuchó unas palabras de ánimo y me pidió que lo anotara en mi diario.

ABRIL 20 de 2006Hoy estuve visitando al Santísimo en compañía de mi cuñada; nos arrodillamos para ofrecer un rosario por un familiar  y enseguida yo me imaginé a la Santísima Virgen que caminaba justo frente a nosotras, de un lado para otro; Su presencia sensible era tan fuerte que me robaba el aliento y casi no podía articular las palabras.  Maravilloso.