Para Recordar

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, dice el Señor

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

MI VIDA MATRIMONIAL Imprimir E-mail

Historia de Fe y  Perdón

Lo que màs me gusta de mi esposo es su sencillo  y espontáneo sentido del humor; para muchos resulta extraño oír esto, yo lo sé…en qué orden quedan la honestidad, la responsabilidad, la laboriosidad, la lealtad…? .pero es que  entre todas esas cualidades que él tiene, sus pequeñas bromas me alegran la vida.  Sus siempre oportunos y graciosos comentarios muchas veces logran que un  problema aparentemente grande se vuelva irrisorio y  que los malos momentos se vuelvan anécdotas.

En todo caso, yo nunca me aburro estando con él.  Si se trata de bailar, lo hace muy bien, si se trata de jugar o participar en juegos y concursos, él es muy animado y no le cuesta para nada actuar como un niño; en reuniones tediosas o largos viajes, somos un buen público el uno para el otro y en algo nos divertimos; Además nuestros gustos son parecidos en muchas cosas… los ambientes tranquilos, la naturaleza, caminar, la comida sana, la música suave.

Él ha desarrollado una capacidad de trabajo altísima…yo  querría que no trabajara tanto, pero es de admirar como planea, ejecuta y controla sus negocios, sin descuidar nada. Duerme poco pues se acuerda tarde – por estar trabajando - y  madruga –a trabajar -, pero  aun así siempre hay lugar para los paseos, el parque, el cine, los compromisos familiares o las simples tardes de “pereza” en la casa.

Este hombre,   ha sido apasionado y complaciente en la intimidad y ha sido respetuoso y amable en las rupturas. Aún en medio de la confusión o la pelea me ha reconocido varias cualidades  y me ha mostrado gratitud.  Él es un hombre de corazón noble, amante de lo bueno y lo justo;  que repudia el egoísmo, el chisme, la mediocridad.   Defectos….debilidades….errores, seguramente tiene algunos, ¡quien no!

Pero porqué  inicio este título de mis escritos con una apología de mi querido esposo? porque no todo es malo, porque debo rescatar las cualidades del hombre que elegí para toda la vida, lo que en él amo y admiro. Enseguida narraré con sinceridad  momentos muy dolorosos para mí...no puedo callar estos acontecimientos  aunque me exponga yo y exponga a mi esposo a ser duramente juzgados. Sin embargo,  antes quiero recalcar  que  hay una parte que se queda sin develar y es lo que había en su  corazón…sus motivos, sus sentimientos, sus presiones, su callado sufrimiento y mis culpas. Esta es solo mi versión de los hechos…¿cuál será la de él?... De  todas maneras hay un soneto que recuerdo ahora  y que expresa muy bien lo que siento sobre todo esto.

 

"Si para recobrar lo recobrado
tuve que haber perdido lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado.

Si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido
tengo por bien llorado lo llorado.

 

Porque después de todo he comprendido
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido

 

porque después de todo he comprobado
que lo que tiene el árbol de florido
vive de lo que tiene sepultado.

 

Empezando 1995,  a punto de cumplir 10 años de matrimonio, yo estrenaba un buen empleo y mi esposo gozaba de un trabajo estable en una excelente empresa multinacional; sin embargo, se mostraba fastidiado y confundido a tal punto que yo –que no tenía ni la más mínima duda de su amor y fidelidad-  le ofrecí dejarlo solo por un tiempo y así lo hice, mudándome a una habitación que tomé en alquiler. Esto no duró más de dos semanas tiempo durante el cual yo no hice más que llorar  todas las noches y preguntarme ¿qué estoy haciendo aquí? Volví al apartamento y aunque las cosas  empeoraban  recuerdo que organicé un pequeño paseo para celebrar nuestro décimo aniversario en un hotel de lujo; diariamente me esforzaba por dialogar con mi esposo para aclarar la situación encontrando solo evasiones y silencios. En septiembre, al regresar mi esposo de un viaje de trabajo, con inmensa alegría le tuve  la noticia de mi embarazo ante lo cual él respondió que deseaba el divorcio, pero  sugirió que intentáramos seguir juntos por el bebé. Yo me sentí “derrumbada” desde ese momento y las cosas empeoraban día tras día; durante ese fin de año, en medio de las acostumbradas fiestas de la época, mi esposo reconoció que le era imposible continuar, confesó estar involucrado desde hacía varios meses con una  joven de la cual aparentemente se había enamorado e hicimos un documento provisional de separación de bienes; con el corazón destrozado y llorando a mares sin entender todavía lo que había sucedido,  tomé mis  cosas y  me fui a vivir a casa de mi mamá..


Si hay algo que verdaderamente lamentaré toda mi vida es el haberme abandonado a la terrible depresión  que esta separación me provocó, esto por los perjuicios que le causé al bebé. No solo ignoraba los graves daños que le causa a un  hijo el rechazo en el vientre materno sino que no quería escuchar nada acerca de ellos, ni de él; lo ignoré por completo, lloraba todo el tiempo en que no me encontraba trabajando y hasta alguna vez pensé en quitarme la  vida. Aunque lo que más me dolía era pensar en tener un hijo “sin papá”, no quería volver a ver a mi esposo ni a hablar con él y le corté groseramente varias llamadas. Sin embargo, empezando el séptimo mes de embarazo una persona que había trabajado con niños abandonados me hizo cambiar de actitud al hablarme sobre el sufrimiento e inseguridad que puede padecer un pequeño que no conoce a su padre; me hizo tomar conciencia de que por encima de mi orgullo herido y mi rencor estaba mi hijo; en cuanto mi esposo llamó acepté vernos y para mi sorpresa ya había terminado esa extraña relación que lo mantuvo en crisis por más de un año y que me había causado tanto dolor. Me pidió que regresáramos.  Durante la separación, en medio del dolor yo me había refugiado en María Santísima a quien diariamente le pedía por mi esposo. A pesar del desconsuelo y la rabia que sentía, yo le rogaba a nuestra Señora por el bienestar de ese hombre de tal forma que si la nueva relación le convenía, prosperara, y si no que le diera la luz necesaria  para comprender el error. Al volver, mi esposo confesaba confundido no saber exactamente lo que había pasado, simplemente un buen día sintió como si “le hubieran corrido un velo” y pudo aclarar sus sentimientos.

Tal vez durante años yo estuve alejada de Dios pero Él no lo estuvo de mí; ese embarazo tan “inoportuno” para muchos, sin el cual yo simplemente habría hecho gala de mi orgullo y habría recomenzado mi vida  sin posibilidad de perdón, ¿No fue acaso un precioso lazo para mantener unido este hogar bendecido por El?  Ahora no lo dudo!

EL PERDON

“..y perdona nuestros pecados así como nosotros perdonamos..”

A mediados de 1997 cuando el niño cumplía apenas su primer año de edad, una nueva desilusión amenazó con romper definitivamente mi hogar. Una noche, al llegar del trabajo, encontré en el apartamento una evidencia de que mi esposo había estado allí con una mujer; con el corazón hecho mil pedazos, temblando, sin fuerza alguna y en la seguridad de que esto no lo podría superar, aguardé a mi esposo esperando escuchar de nuevo una confesión terrible que me alejaría definitivamente de él,  y mi hijo…tan pequeño!.

En medio de la tristeza me tranquilizó escuchar que no estaba enamorado ni cosa parecida; se trataba, según él, de una compañera de trabajo que, al saber que en las tardes permanecía solo en el apartamento, se ofreció a visitarlo sin que tuviera fuerzas para rechazarla…nunca he sabido desde cuando se estaba presentando  esta situación, pero sé que no era la primera vez. Antes de una separación definitiva, le pedí a mi esposo asistir a un “Encuentro Matrimonial” para buscar en medio del dolor y la desconfianza aquellos sentimientos que nos unieron un día ante un altar y él consintió en ir.

El  “encuentro” estaba ya por terminar, luego de dos días de charlas y ejercicios, y yo no dejaba de lagrimear y de afianzar mi desconsuelo con cada actividad que se realizaba. Terminada la última conferencia las parejas nos retiramos a los cuartos para compartir y yo, sin haber encontrado la paz, sin deseos de hablar ni aun de  mirar  a mi esposo, salí hacia un corredor ahogada en llanto.  En ese momento una de las coordinadoras del evento pasaba por allí y en una charla que no duró ni 5 minutos me hizo entender que sólo yo, si me disponía al perdón, podría cambiar las cosas…rezamos lentamente una Avemaría.

Volví al cuarto con una actitud diferente y con palabras de perdón en mi boca, esa  Avemaría … esa sencilla oración, como un bálsamo calmó las sangrantes heridas de mi corazón y nos permitió terminar felizmente el encuentro dispuestos a empezar de nuevo.


Para entonces mi esposo había conseguido un excelente empleo muy bien remunerado y yo me había retirado del trabajo para dedicarme al bebé. Meses después le ofrecieron un mejor cargo en Perú; yo me alegré particularmente por el cambio pensando que allí olvidaría todos los malos momentos.  Nos mudamos empezando 1998 con todas las comodidades y  grandes esperanzas.

 

Todos los que han sido víctimas de una mentira o específicamente de una infidelidad, deben conocer los sentimientos profundos de frustración, pérdida de autoestima y desconfianza, que prácticamente destruyen su vida. A pesar de que yo sentía esto, deseaba perdonar y así se lo dije a Jesús en la oración, pero le pedí en repetidas ocasiones que me diera la gracia de no volver a querer a mi esposo como antes lo quería y además que no me permitiera olvidar nunca lo sucedido. El Señor,  bendito y misericordioso como es, me concedió al pie de la letra lo pedido. Durante varios meses no pasaba un solo día en el que yo no recordara, con lágrimas en los ojos, todos los detalles que me herían; veía a mi esposo con el rencor de aquel que tiene una deuda pendiente de cobro, vivía sumida en la depresión, me desquitaba con el niño y cargaba con un molesto dolor en la parte baja de la columna.

Luego de visitar dos médicos en razón al dolor de columna, y de que coincidían en que se debía a una gran tensión o problema familiar que era prioritario resolver, caí en la cuenta de que yo realmente no había perdonado y lo que era peor, que le había rogado al Señor que no me quitara esa terrible carga del odio y la amargura. Inmediatamente le escribí a mi queridísimo Jesús pidiéndole que me diera la gracia del perdón y la gracia de amar a mi esposo más que antes sin importar lo que pudiera ocurrir en un futuro.

 

Jesús,

Cómo pude estar tan ciega?

Yo misma me estaba hiriendo

Y solo estaba recibiendo

Lo que tanto había pedido

 

Pero Tu sutil poder

Ha guiado mis torpes pasos

Y hoy con fe abro los brazos

Para dejarme cambiar


No importa si he de sufrir

Por dar amor sin medida

Inunda y cambia mi vida

Para amar, amar y amar

 

Como era de esperarse, antes de firmar la carta ya me sentía cambiada; empecé a recordar lo sucedido sin rencor, sin lágrimas y sin sentirme herida. Es increíble como cambió mi percepción de los hechos, pues  veía a mi esposo -no como un malvado- sino como un hombre normal, susceptible a todo tipo de emociones, tentaciones y errores, al igual que yo. Lo mejor es que ya no me sentía como una víctima pues reconocía que mi esposo no planeó las circunstancias para hacerme daño y veía claramente que el pecado, cualquiera que sea, ofende a Dios más que a nadie, e igualmente, afecta al que lo comete más que a nadie, si bien genera una larga cadena de odio y de pecado que termina afectando a muchos más.


EL ORO SE PURIFICA EN EL CRISOL

Alguna vez escuché una historia sobre un hombre que le reclama al Señor por lo pesado de su cruz y que, luego de que le es permitido “probar” muchas otras  finalmente se queda con la que inicialmente tenía, pues le resulta más cómoda y ligera que las demás; nunca la olvido, y especialmente la recuerdo en circunstancias en que mi corazón no se quiere resignar. A estas alturas ya no  tenía duda alguna de que  el sufrimiento que el Señor permite para sus hijos es también parte de su infinito amor y sabiduría, y que “todo resulta para bien de los que el Señor ama..” (Rom 8:28 ), sin embargo, bendecir y conservar la fe a la hora de la prueba no es nada fácil, es realmente un momento de dura lucha entre el espíritu y la carne que se rehúsa al silencio,  la mansedumbre y la espera en Dios.

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Después del terrible sufrimiento que me causó la separación de mi esposo durante mi primer embarazo, las tristes secuelas que dejó el pecado -principalmente en mi hijo- y como yo trataba de sanear y superar  todo aquello. No imaginaba que nuevas pruebas vendrían.

 

En abril del 2001,  luego de un embarazo en que mi esposo se mostrò lejano y fastidiado, èl me sorprende de nuevo al comunicarme su  deseo de separación,  la cual haría progresivamente para no lastimar a los niños, iniciando por  mudarse a otro cuarto.  Esta noticia no fue menos dolorosa que antes, al contrario, con una hija recién nacida y habiendo logrado el anhelo de toda una vida como era la casa, yo no podía  creer que esto estuviera pasando. Estallé en llanto y en gritos y comenzó de nuevo el calvario de la desilusión y la desesperanza, si bien, ahora con una mayor fe en la cercanía de Jesús,  la cruz se hacía más llevadera, como adelante contaré.

Dos semanas después llegó el día de la madre y mi suegra nos invitó a celebrar en su casa con un almuerzo; mi esposo salió para allá y yo me fui a  saludar a mi madre  para luego pasar a donde mi suegra según habíamos acordado.  Ya eran las dos de la tarde y yo no me animaba a  reunirme con la familia de mi esposo  debido a la amargura que me invadía y  puesto que todos tendrían que enterarse de nuestra situación por la tirantez de las relaciones. Encontrándome en ese estado de ansiedad, entró  la llamada de una tía que pertenece a una comunidad religiosa, que, luego de hablar con mi madre, quiso darme un mensaje de parte de Jesús; Según sus propias palabras, estaba en oración y sintió una fuerte inspiración para hablar conmigo  y decirme que no desfalleciera, que no me cansara, que entregara a mi esposo mucho amor sin importar su reacción o comportamiento, que el amor lo vence todo y, especialmente, que “Jesús me estaba esperando en el corazón de mi esposo”. Inmediatamente me dirigí a casa de mi suegra con mis niños y actué en forma tan cariñosa y natural que nadie se dio cuenta de los problemas matrimoniales. A mi esposo, que se encontraba  arrinconado y  disminuido, le pude decir con todo el corazón que no se preocupara y que hiciera lo que tuviera que hacer, ante lo cual se animó y participó normalmente de la reunión. Posteriormente, compré un colchón nuevo, sábanas y cubrecama y  le arreglé con esmero el cuarto a mi esposo para que se sintiera más cómodo.

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Esta nueva  crisis matrimonial coincidió, “casualmente”, con la aparición de una buena oportunidad de negocios para mi esposo quien se asoció con una mujer conocida de años atrás –de quien yo nunca le oí hablar-, abriendo un local comercial en otra ciudad.

Tal vez por las circunstancias, yo no fui invitada a participar para nada de la planeación,  legalización y puesta en marcha del negocio -lo que me dolía muchísimo- y hasta ahora no he tenido ningún contacto con la  “socia”.  Mi esposo empezó pues a viajar  y a permanecer bastante tiempo en esa ciudad atendiendo la que ahora es nuestra única fuente de ingresos, hospedándose en la casa de la socia.

Aunque frecuentaba el Santísimo, iba cada vez que podía a misa durante la semana y escuchaba permanentemente el canal católico, mi situación era cada vez más crítica: sentía una enorme soledad en la casa; mi autoestima estaba por el suelo gracias a la indiferencia de mi esposo quien trataba de ignorarme aún por teléfono -cuando llamaba a saludar a los niños- y me martirizaba pensar que su propósito era marcharse definitivamente. Además, decidí no volver a cocinar pues era mayor el gasto y el trabajo -comprar, preparar y limpiar los trastos- que el provecho que sacaba, así que pedía a domicilio la comida y me encerraba con los niños a mirar la televisión toda la tarde. En ocasiones ni siquiera me quitaba la pijama y no me levantaba de la cama.

Aunque trataba de sobrellevar y ofrecer esta cruz al Señor, la indiferencia de mi esposo, su trato frío y ausente o sus llamadas secretas,  me causaban  tal dolor y debilidad que no me creía capaz de soportarlo. Escribí:

 

Jesús acelera tu obra en mi

En un rincón de la casa

Llorando el tiempo que pasa

Y la ingratitud de un amor…

Ven pronto a mi Señor


Perdiendo mis energías

Cada instante, cada día

Por actos de desamor

Ven pronto a mi Señor

 


Envuelta en la incertidumbre

Esperando que se alumbre

Mi oscuridad y mi temor

Ven pronto a mi Señor


No tardes mas, ya no tardes

Pues temo las fuerzas falten

Por sentir tanto dolor

Ven pronto a mi Señor


Yo quisiera a ti ofrendarme

Y a la cruz gozosa atarme

pero me falta valor

Ven pronto a mi Señor


Tengo miedo de ofenderte

Cuando no puedo ofrecerte

Superar mi gran furor

Ven pronto a mi Señor

 

Mi triste situación no pasó desapercibida para la vecina de enfrente, una mujer cristiana –ya abuela- que encontró su plenitud en Cristo y se le notaba! Siempre alegre y dispuesta a servir, cada que tenía la oportunidad me hablaba sin parar del amor que Dios nos tiene y de “esa paz que sobrepasa el entendimiento humano” y que solo Él nos puede dar.  Empecé a desear esa paz más que  a nada y a preguntarme porque -si amaba a Cristo y me ofrecía permanentemente a El-  no la tenía.

Después de varios meses, mi vecina de al lado, también cristiana, me invitó  a integrarme a su grupo de oración y yo  empecé a asistir no solo a las reuniones semanales  sino a un curso de Biblia.  Allí aprendí mucho.

Empecé a tratar de bendecir permanentemente y de reprimir  todo tipo de frases negativas o pesimistas, y especialmente, empecé diariamente a pedirle al Señor Jesús que se hiciera el rey de mi corazón, destronando todo aquello que yo había puesto sobre su Santísimo Nombre.  Creo que fue gracias a esta oración que yo fui superando la depresión, soltando los fuertes lazos de dependencia que había creado hacia mi esposo.

 

A pesar de mis esfuerzos yo  me descomponía  con frecuencia, sentía ira, rencor y deseos de venganza al pensar en la mujer por la cual mi esposo me despreciaba; iguales sentimientos me provocaba la socia de mi esposo, pues, aunque su relación fuera solamente de negocios,  la veía como  “alcahueta” y cómplice.

Al comentarle a mi vecina sobre mis sentimientos me habló sobre el amor que Dios nos pide,  tanto a amigos como a enemigos, cosa que  yo he oído centenares de veces pero que no aplicaba en la vida práctica. Es tan natural responder por lo menos con indiferencia ante un ataque, ante un desprecio…pero amar a quien nos está hiriendo? El Señor verdaderamente nos pedirá cuentas de este imposible? Ese día lo entendí…pude  ver la incoherencia que existe cuando por un lado bendecimos a Dios  y le pedimos cosas buenas y por otro, maldecimos y odiamos.

Esta charla no fue casual, precisamente ese día mi esposo viajaba a su lugar de trabajo e invitó a mi hijo a acompañarlo y yo, había tratado disimuladamente de predisponer al niño contra la socia;  Regresé a la casa con unos dulces  y se los entregué a mi hijo para que a su vez los entregara en la casa en donde se iba a hospedar, en señal de agradecimiento, infundiéndole otra actitud.

A partir de ese día abandoné varios comportamientos que, además de ofender a Dios, me robaban la paz y la alegría y que básicamente eran: orar por mi esposo mientras que al mismo tiempo lo ataba y maldecía al hablar mal de él cada vez que tenía la oportunidad;  odiar y maldecir a  las mujeres que buscaban a mi esposo en lugar de orar por su paz y su conversión; envenenar el corazón de mi hijo cargándolo con mis propios rencores,  robarle la alegría al resaltar los defectos y ausencias de su papá, y quitarle la tranquilidad  mencionándole la posibilidad de una separación definitiva. Con el firme propósito de no volver a darle cabida al odio o al  rencor por celos,  empecé  a esforzarme por orar y  bendecir  a quienes consideraba mis  “enemigas”, sembrando nuevas semillas de luz.

 

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No obstante lo anterior, con frecuencia me dejaba  llevar por el orgullo y pasaba días de inmensa amargura y depresión. Una actitud, una palabra y hasta una mirada de mi esposo eran la causa de tenebrosas caídas para mí; en esos momentos la mente se enfrascaba en pensamientos oscuros  y pesimistas, el desaliento se apoderaba de mi  cuerpo y de mi  espíritu,  no  veía esperanza alguna y la carne pedía a gritos ¡justicia!. En varias ocasiones, estando en semejante condición, me ponía de rodillas ante la presencia de Dios  y ahogada en llanto le entregaba mi dolor y le  pedía su fortaleza antes de tomar una decisión  equivocada o de estallar en insultos y golpes. Siempre recobraba la calma en menos de una hora. Sin saber cómo me encontraba de nuevo tranquila  y ocupada en los quehaceres de la casa.  En una de estas ocasiones, en julio del 2002, luego de recobrar la calma asistí a la misa dominical y el sacerdote iniciaba su homilía con una reconfortante frase que Jesús nos  dice a todos en medio de nuestras flaquezas y dudas: “Mi gracia te basta…yo hago fuerte a aquel que en su debilidad recurre a mí”.

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Durante varios meses, y de acuerdo con mi propósito,  yo me esforzaba por cambiar  mi ira por plegarias cuando mi esposo recibía continuas llamadas de la socia  y de otras personas que claramente no eran clientes.  Esta  nueva actitud mía ciertamente aligeraba mi cruz, puesto que la palabra de bendición alimentaba mi espíritu  y prontamente volvía a encontrar paz; no obstante al escuchar de nuevo el teléfono iniciaba una nueva mortificación. Los fines de semana eran pues con la presencia de mi esposo salpicados de  dolor; adicionalmente,  desde el día viernes el teléfono de su oficina –ubicada en el sótano-  repicaba constantemente produciéndome enorme malestar.  Un buen día sin embargo, el primer timbrazo del teléfono -muy temprano- me causo un sentimiento totalmente diferente, por la bondad y gracia de Dios sentí una profunda compasión pensando en el enorme vacío y soledad de aquella mujer que buscaba sin cesar un poco de amor, tal vez de atención y de compañía  y lloré mientras oraba por ella  pidiéndole a Jesús que le mostrara un amor mas grande: el Suyo, su Fidelidad y su Verdad. Ese día supe que el Señor me había regalado la gracia de perdonar a aquellas mujeres que me hicieron daño a través de su relación con mi esposo y empecé a orar por ellas con el corazón.

Al día siguiente, mi esposo llegó e inmediatamente desconectó el teléfono de su oficina para llevárselo a su negocio alegando que allí le era más útil puesto que aquí en la casa ya no recibía ninguna llamada de su interés.  Igualmente,  desaparecieron las llamadas “extrañas” a su celular durante los fines de semana. El Señor me había  quitado esta cruz… yo ya no la necesitaba.

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En el 2003 participé de un retiro de Semana Santa  en el Foyer de Charité –en Paipa- en el que recibí abundantes bendiciones;  Durante el jueves y el viernes santo, mi esposo consintió con desgano en  participar de algunas charlas y eventos programados dentro del retiro; yo aprovechaba esos momentos para  pedirle ansiosamente al Señor que tocara su corazón pues, a decir verdad,  lo que yo esperaba de este retiro era verlo a  él convertido, pidiéndome perdón por las tantas veces que me había hecho sufrir y buscando una reconciliación.

No sé en qué momento el Espíritu Santo obró en mí pero –graciosamente- en la noche del viernes santo me encontré con lágrimas en los ojos pidiéndole perdón a mi esposo por el trato duro y acusador que constantemente le daba y expresándole mi gratitud y admiración por sus muchas cualidades.  Tal vez nunca sabré lo que pasaba en ese momento por la cabeza de mi  esposo y lo que se movía en su corazón, solo recuerdo nítidamente su profunda tristeza y su confusión, no dijo ni una palabra.  A partir  de ese día, se acabaron  las frases irónicas y las miradas acusadoras  y el trato entre los dos empezó a ser más cálido, más amable y se abrió el camino para la restauración del matrimonio.

El sábado santo, la Santísima Madre del Señor  me dio una  gran alegría. El grupo de ejercitantes se concentraba ese día ante la imagen de la Virgen Dolorosa pensando en su tristeza ante la cruz y elevando diversas oraciones mientras que yo, un  poco distraída y a decir verdad sin gran fervor, le ofrecía a la Virgen mi consuelo, le secaba las lágrimas y le acariciaba la cabeza mentalmente; de repente un pensamiento vino a mi mente a una  velocidad tal que cortó inmediatamente mi oración y me dejó “sin palabras” : “Hija mía, mi mayor consuelo es que al menos para ti no sea en vano la muerte de mi hijo”.

 

Al regresar del retiro le hablé con firmeza a mi vecina sobre mi amor a las doctrinas de la iglesia católica y a la Santísima Virgen, y le comuniqué mi decisión de no volverme a congregar en su casa, de no seguir asistiendo a los cursos de Biblia.

En septiembre del 2003 empecé a asistir a un grupo de oración católico a través del cual obtenía fuerzas para resistir la situación matrimonial que vivía. Me propuse esperar la promesa de Jesús de que el amor lo vence todo. Recibía y atendía con amabilidad y cariño a mi esposo sin importar como actuara él. Puse mi confianza totalmente en Jesús y evitaba indagar, escuchar o buscar pruebas de infidelidad porque me di cuenta de que en esto, como en todo, “el que busca encuentra” y con ello me hacía daño a mí misma. Disfrutaba enormemente cualquier salida con mi esposo, su presencia, el sentirme acompañada, el ver que tenía una familia. Me volví más comprensiva y prudente y trataba de callar siempre para no sembrar discordia.

Un buen día, en la oración de la mañana llegó a mi mente el nombre de la socia de mi esposo, mujer con la cual  nunca he tenido contacto – a pesar de que sus nexos con mi esposo ya  se remontan a siete años-, mujer a quien  he preferido siempre no nombrar y en la que, además, evitaba pensar. De inmediato atendí la inspiración y oré por ella de forma  lenta y sincera; enseguida tuve una sensación física muy extraña, como si algo hubiera salido de mí produciéndome un ligero alivio… es algo indescriptible y ciertamente inexplicable, solo Dios sabe lo que sucedió.

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Casi todo el año 2004 fue un período de duras pruebas pues mi esposo llegaba un fin de semana cariñoso, amable y dormía conmigo y otro fin de semana seco y alejado. Cuando llegaba en ese estado, esquivando la mirada,  yo contenía mi angustia y aparentando que nada notaba clamaba mentalmente a Dios “Yo Confío en Ti… yo confío en Ti”.  Diariamente le pedía al Señor que secara la relación que  mi esposo mantenía con otra mujer así como secó la higuera, de raíz.

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Por esta época ocurrió que un fin de semana  la socia de mi esposo lo invitó a un finca, con piscina, cerca de Bogotá y me preguntó si podía llevar los niños. Le rogué que me llevara pero él me dijo claramente que ESTABAMOS SEPARADOS.  Se fueron el Domingo temprano con la intención de quedarse esa noche pues el lunes era festivo y yo me quedé todo el día acostada, sin comer nada, llorando y luchando contra el deseo de acabar definitivamente con el matrimonio. Con el teléfono en la mano, todo el día pensé en llamarlo para informarle que encontraría su ropa en la calle y que no volvería a quedarse en esta casa, ya que –según él- ESTABAMOS SEPARADOS. Como a las cinco de la tarde me quedé dormida y antes de la siete desperté y prendí el televisor que estaba sintonizado en el canal católico,  en ese momento un sacerdote decía “vaya a misa…Jesús la está esperando” y yo no necesité escuchar más; dije ¡está bien…ya voy! Y tuve el tiempo justo para arreglarme y llegar. La misa estuvo hermosa, con procesión pues se celebraba Corpus Christi y llegué a la casa como nueva. Al momento, ante mi sorpresa, vi  llegar a mi esposo y a los niños quienes no se quedaron porque les pareció incómodo el alojamiento. Mi esposo se acostó a mi lado y me abrazó y yo, sin sombra de resentimiento, solo le pregunté como en broma ¿acaso no ESTABAMOS SEPARADOS?

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Un sábado muy temprano le pregunté a mi esposo si podía quedarse con los niños para asistir a un “retiro” hasta el mediodía. Ante mi sorpresa contestó que sí, muy amablemente. Regresé en la tarde y él no apareció con los niños hasta las seis. De inmediato los niños me contaron que habían pasado todo el día con la socia de mi esposo que se encontraba en Bogotá y él me miró resignado, esperando una violenta reacción de mi parte. Yo no sentí nada…interiormente repasaba todas las hirientes frases que podría decirle… “con razón se portó tan amable…no le basta con estar toda la semana con ella…porqué se llevó a los niños…por qué no me dijo…” pero no le veía sentido a los reclamos y solo dije ¿les preparo algo de comer?. Mientras cocinaba daba saltos de alegría y le agradecía a Dios por la paz que me había regalado no se en que momento. El lunes al salir mi esposo, con la maleta en la mano, con tristeza y los ojos aguados me dijo: “tú tienes OTRO, no?”, yo solté una gran carcajada  y le contesté “Claro!”. Y agregué señalando hacia el cielo “y tú lo conoces!”.

Para finales del año (2004)mi esposo se mudó nuevamente al cuarto matrimonial y empezó a regresar a casa los viernes por la noche.

La historia de mi  tercer embarazo la he relatado en el Diario 2005, penoso por la actitud de mi esposo (solo Dios sabe la causa de su aversión a los embarazos), y a pesar de las asombrosas  manifestaciones de Dios, quien me prometió que el bebé traería una nueva paz a la familia. Así fue, y durante los últimos 10 años mi esposo y yo hemos gozado de una serena relación matrimonial. A mediados del 2015, sin embargo,  se presentó una crisis, superada con la ayuda de Dios, el diálogo y la buena voluntad de ambos, resultando que nos hemos vuelto más cariñosos y afectivos. Luego de esto falleció la socia de mi esposo, poniendo fin a esa sociedad que tanto me hizo sufrir en otro tiempo; estuvo enferma por varios años y yo siempre oré por ella.

Ahora nos preparamos para celebrar los 30 años de casados, que cumpliremos en julio del 2016,  y aunque muchas veces soñé con la renovación pública de los votos matrimoniales, -misa, cena y vestido espectacular-, ya no lo quiero; me basta llegar a ese día en medio de la paz que el Señor nos ha regalado y poder elevar una oración de gratitud, tomados de la mano.