Para Recordar

Mi gracia te basta, que mi gracia se muestra perfecta en la flaqueza

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

CAPITULO QUINTO Imprimir E-mail

AMOR QUE SE VUELVE FECUNDO

Acoger una nueva vida

El amor siempre da vida. El don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de la vida eterna.

 

El amor de los padres es instrumento del amor del Padre Dios que espera con ternura el nacimiento de todo niño, lo acepta sin condiciones y lo acoge gratuitamente. Cada niño está en el corazón de Dios desde siempre, antes de ser concebido.  El papa Francisco pide, a toda costa, “evitar  que un niño piense que es un error, que no vale nada y que ha sido abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres”.

 

El amor en la espera propia del embarazo

La mujer embarazada está invitada a  acompañar a Dios para que se produzca el milagro de una nueva vida; aunque todas las características somáticas de esa persona están inscritas en su código genético desde que es un embrión, solo Dios,  que lo creó, lo conoce en plenitud.  Los padres deben pedir a Dios que los sane y los fortalezca para aceptar plenamente a ese hijo, para que puedan esperarlo de corazón; Es importante que ese niño se sienta esperado. Se ama a un hijo porque es hijo, no porque satisface o encarna los deseos de los padres.

El papa Francisco le pide “a cada mujer embarazada” cuidar el gozo interior de la maternidad y la  alegría, para poder transmitirla al niño; que nada la apague,  “ni  los miedos, ni  las preocupaciones, ni  los comentarios ajenos o los problemas”; le pide así mismo alabar como lo hizo la Santísima Virgen, con el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su sierva». (Justamente el Señor me indicó rezar esta oración al momento del parto de mi hijo Daniel)

Amor de madre y de padre.
Un hijo no es una “posesión caprichosa”.  “Todo niño tiene derecho a recibir el amor de una madre y de un padre, ambos necesarios para su maduración íntegra y armoniosa” pues “ambos contribuyen, cada uno de una manera distinta, a la crianza de un niño”. “Respetar la dignidad de un niño significa afirmar su necesidad y derecho natural a una madre y a un padre”. “No se trata sólo del amor del padre y de la madre por separado, sino también del amor entre ellos, percibido como fuente de la propia existencia, como nido que acoge y como fundamento de la familia”.

Hay roles y tareas flexibles, que se adaptan a las circunstancias concretas de cada familia, pero la presencia clara y bien definida de las dos figuras, femenina y masculina, crea el ámbito más adecuado para la maduración del niño.

La presencia materna con sus cualidades y sus capacidades específicamente femeninas —en particular la maternidad—  es indispensable para humanizar la sociedad porque “las madres saben testimoniar siempre, incluso en los peores momentos,  la ternura, la entrega, la fuerza moral”; también, generalmente, transmiten a sus hijos las primeras oraciones y gestos de devoción.

En cuanto a los padres, el problema de nuestros días ya no parece ser  la presencia de un padre “entrometido” -muchas veces autoritario o maltratador- sino más bien su ausencia. El padre está algunas veces tan concentrado en sí mismo y en su trabajo,  en sus propias realizaciones individuales y  en la tecnología, que olvida  a la familia y deja solos a los pequeños y a los jóvenes. Aunque  aparenten lo contrario, los hijos necesitan encontrar un padre que los espera cuando regresan de sus fracasos; Así que no hay que irse a los extremos: ni controladores ni ausentes.

Fecundidad ampliada

Muchas parejas de esposos no pueden tener hijos, sin embargo, “la maternidad no es una realidad exclusivamente biológica, sino que se expresa de diversas maneras” y “la adopción es un camino para realizar la maternidad y la paternidad de una manera muy generosa”.

“Conviene también recordar que la procreación o la adopción no son las únicas maneras de vivir la fecundidad del amor.” “Las familias abiertas y solidarias hacen espacio a los pobres, son capaces de tejer una amistad con quienes lo están pasando peor que ellas. Si realmente les importa el Evangelio, no pueden olvidar lo que dice Jesús: «Que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis»”

“Los matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales.  Un matrimonio que experimente la fuerza del amor, sabe que ese amor está llamado a sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia”.

Discernir el Cuerpo. La Eucaristía nos une un único cuerpo eclesial, así que  debemos reconocer el Cuerpo del Señor  allí y también en  la comunidad, con fe y caridad; La celebración eucarística se convierte  en un constante llamado para que  las familias no se  encierren en su propia comodidad ni permanezcan  indiferentes ante el sufrimiento de las  más pobres y más necesitadas.

La vida en la familia grande

“El pequeño núcleo familiar no debería aislarse de la familia ampliada,  donde están los padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos”. “En esa familia grande puede haber algunos necesitados de ayuda, o al menos de compañía y de gestos de afecto, o puede haber grandes sufrimientos que necesitan un consuelo.

Ser hijos. El cuarto mandamiento pide a los hijos que honren al padre y a la madre, y aunque hay que “dejarlos” para unirse en matrimonio, no deben ser abandonados ni descuidados;  “El matrimonio desafía a encontrar una nueva manera de ser hijos”.

Los ancianos “Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad”. “Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que estuvieron antes que nosotros en el mismo camino, en nuestra misma casa, en nuestra diaria batalla por una vida digna”. No se puede educar sin memoria; en los ancianos se puede rastrear la historia y la continuidad de las generaciones.

Ser hermanos.” En la familia, entre hermanos, se aprende la convivencia humana”. “Crecer entre hermanos brinda la hermosa experiencia de cuidarnos, de ayudar y de ser ayudados”. Ese aprendizaje, a veces costoso, es una verdadera escuela de sociabilidad.

Un corazón grande.   El amor  entre los miembros de la familia incluyendo  parientes y familiares  “está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que la conduce  a una comunión cada vez más profunda e intensa” ; “allí también se integran los amigos y las familias amigas, e incluso las comunidades de familias que se apoyan mutuamente en sus dificultades, en su compromiso social y en su fe”.

“Esta familia grande debería integrar con mucho amor a las madres adolescentes, a los niños sin padres, a las mujeres solas que deben llevar adelante la educación de sus hijos, a las personas con alguna discapacidad que requieren mucho afecto y cercanía, a los jóvenes que luchan contra una adicción, a los solteros, separados o viudos que sufren la soledad, a los ancianos y enfermos que no reciben el apoyo de sus hijos, y en su seno tienen cabida «incluso los más desastrosos en las conductas de su vida»[]. También puede ayudar a compensar las fragilidades de los padres, o detectar y denunciar a tiempo posibles situaciones de violencia o incluso de abuso sufridas por los niños, dándoles un amor sano y una tutela familiar cuando sus padres no pueden asegurarla”.

Finalmente, no se puede olvidar que en esta familia grande están también el suegro, la suegra y todos los parientes del cónyuge. Una delicadeza propia del amor consiste en evitar verlos como un peligro, cuidarlos e integrarlos de alguna manera en el propio corazón, aun cuando haya que preservar la legítima autonomía y la intimidad de la pareja.