Para Recordar

Mi gracia te basta, que mi gracia se muestra perfecta en la flaqueza

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

CAPITULO SEXTO Imprimir E-mail

ALGUNAS PERSPECTIVAS PASTORALES

Se presentan aquí “algunos de los grandes desafíos pastorales”  para las comunidades eclesiales, quienes “deberán elaborar propuestas más prácticas y eficaces” según sus necesidades.

Anunciar el Evangelio de la familia hoy

Las familias cristianas son las llamadas a aportar su experiencia y testimonio en un esfuerzo evangelizador dirigido a las familias, pues la iglesia quiere acompañarlas con humilde comprensión, para que puedan descubrir la mejor manera de superar las dificultades.

Junto con una pastoral específicamente orientada a las familias, se nos plantea la necesidad de “una formación más adecuada a los agentes pastorales”, también, “los seminaristas deberían acceder a una formación interdisciplinaria más amplia sobre noviazgo y matrimonio”; además hay que asegurarse de que ellos posean el equilibrio psíquico que su tarea les exige y brindarles  mayor contacto con la  parroquia y las familias.

Es necesaria también la formación de agentes laicos de pastoral familiar con ayuda de psicopedagogos, médicos de familia, médicos comunitarios, asistentes sociales, abogados de minoridad y familia, con apertura a recibir los aportes de la psicología, la sociología, la sexología, e incluso el counseling.  Una buena capacitación es requerida para casos que tengan que ver con violencia y abuso sexual. Todo esto sin desestimar los recursos de ayuda espiritual de la parroquia.

Guiar a los prometidos en el camino de preparación al matrimonio

La iglesia debe ayudar a los jóvenes a descubrir el valor y la riqueza del matrimonio; a percibir el atractivo de “una unión plena que eleva y perfecciona la dimensión social de la existencia, otorga a la sexualidad su mayor sentido, a la vez que promueve el bien de los hijos y les ofrece el mejor contexto para su maduración y educación”.

La preparación al matrimonio requiere el compromiso de toda la comunidad, no debe desligarse de la vida eclesial, del bautismo y los otros sacramentos, sino arraigarse en ellos; “no se trata de darles todo el Catecismo” sino de renovarles el anuncio de la fe y presentarles  contenidos que “les ayuden a comprometerse en un camino de toda la vida con gran ánimo y liberalidad”,  con las mejores disposiciones para “comenzar con cierta solidez la vida familiar”.

“Conviene encontrar además las maneras, a través de las familias misioneras, de las propias familias de los novios y de diversos recursos pastorales, de ofrecer una preparación remota que haga madurar el amor que se tienen, con un acompañamiento cercano y testimonial”; para esto pueden ser útiles los  grupos  de novios, charlas sobre temas de interés para los jóvenes, y hasta  celebraciones populares como “San Valentín”.

Se debe dar a los novios  la posibilidad de reconocer incompatibilidades o riesgos pues a veces se tiende a  relativizar muchas cosas, se evita discrepar, y así sólo se retrasan las dificultades. “ Los novios deberían ser estimulados y ayudados para que puedan hablar de lo que cada uno espera de un eventual matrimonio, de su modo de entender lo que es el amor y el compromiso, de lo que se desea del otro, del tipo de vida en común que se quisiera proyectar. Estas conversaciones pueden ayudar a ver que en realidad los puntos de contacto son escasos…” lo que  ”implica aceptar con sólida voluntad la posibilidad de afrontar algunas renuncias, momentos difíciles y situaciones conflictivas, y la decisión firme de prepararse para ello”.

La preparación debe ayudar a los novios a ver el “casamiento no como el final del camino, sino que asuman el matrimonio como una vocación que los lanza hacia adelante, con la firme y realista decisión de atravesar juntos todas las pruebas”. A su vez, debe incluir consejos prácticos, como lugares y personas, consultorías o familias disponibles, donde puedan acudir en busca de ayuda cuando surjan dificultades. “Pero nunca hay que olvidar la propuesta de la Reconciliación sacramental, que permite colocar los pecados y los errores de la vida pasada, y de la misma relación, bajo el influjo del perdón misericordioso de Dios y de su fuerza sanadora”.

Preparación de la celebración. En este punto el papa Francisco pide a los novios “no os dejéis devorar por la sociedad del consumo y de la apariencia. Lo que importa es el amor que os une, fortalecido y santificado por la gracia”. Les invita a optar por un festejo austero y sencillo, y considera que los agentes de pastoral y la comunidad entera pueden ayudar a que la prioridad del amor se convierta en lo normal y no en la excepción.

Es importante iluminar a los novios para vivir con profundidad la celebración litúrgica y a comprender “el peso teológico y espiritual” de su consentimiento: «hasta que la muerte los separe”.  “También se puede meditar con las lecturas bíblicas y enriquecer la comprensión de los anillos que se intercambian, o de otros signos que formen parte del rito. Pero no sería bueno que se llegue al casamiento sin haber orado juntos, el uno por el otro, pidiendo ayuda a Dios para ser fieles y generosos, preguntándole juntos a Dios qué es lo que él espera de ellos, e incluso consagrando su amor ante una imagen de María”.

Acompañar en los primeros años de la vida matrimonial

Como las confusiones son frecuentes, se vuelve imprescindible acompañara los esposos  en los primeros años de la vida matrimonial para enriquecer y profundizar la decisión consciente y libre de pertenecerse y de amarse hasta el fin.

“La mirada se dirige al futuro que hay que construir día a día con la gracia de Dios y, por eso mismo, al cónyuge no se le exige que sea perfecto. Hay que dejar a un lado las ilusiones y aceptarlo como es: inacabado, llamado a crecer, en proceso. Cuando la mirada hacia el cónyuge es constantemente crítica, eso indica que no se ha asumido el matrimonio también como un proyecto de construir juntos, con paciencia, comprensión, tolerancia y generosidad.  Esto lleva a que el amor sea sustituido poco a poco por una mirada inquisidora e implacable, por el control de los méritos y derechos de cada uno, por los reclamos, la competencia y la autodefensa”. (Comentario personal: Yo muchas veces me he preguntado por qué será que  los esposos se empiezan a tratar como enemigos y aquí encuentro una respuesta muy simple que he subrayado).

El matrimonio debe  mantenerse en un camino de crecimiento, no estancarse. ” La bendición recibida es una gracia y un impulso para ese camino siempre abierto”; de la atracción inicial se debe llegar hasta poner la felicidad del otro por encima de las propias necesidades, y “al gozo de ver el propio matrimonio como un bien para la sociedad”.” La maduración del amor implica también aprender a «negociar»; No es una actitud interesada o un juego de tipo comercial, sino en definitiva un ejercicio del amor mutuo, “porque esta negociación es un entrelazado de recíprocas ofrendas y renuncias para el bien de la familia”

“Una de las causas que llevan a rupturas matrimoniales es tener expectativas demasiado altas sobre la vida conyugal. Cuando se descubre la realidad, más limitada y desafiante que lo que se había soñado, la solución no es pensar rápida e irresponsablemente en la separación, sino asumir el matrimonio como un camino de maduración, donde cada uno de los cónyuges es un instrumento de Dios para hacer crecer al otro. Es posible el cambio, el crecimiento, el desarrollo de las potencialidades buenas que cada uno lleva en sí”. Cada matrimonio es una “historia de salvación”;  Hacer crecer es ayudar al otro a moldearse en su propia identidad. Por eso el amor es artesanal.  (Comentario personal: Para mí, sin dudar, la historia de mi matrimonio es la historia de mi salvación, a través de la cual el Señor me ha moldeado y también  a mi esposo… proceso que continúa)

El acompañamiento debe alentar a los esposos a ser generosos en la comunicación de la vida. La elección responsable de la paternidad presupone la formación de la conciencia, en la que resuena la voz de Dios, atendiendo  al bien de todos (el propio, el  de los hijos, la sociedad y la iglesia).  Por otra parte, se ha de promover el uso de los métodos basados en los “ritmos naturales de fecundidad”   que respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica, insistiendo siempre en que los hijos son un maravilloso don de Dios, una alegría para los padres y para la Iglesia. “A través de ellos el Señor renueva el mundo”.

Algunos recursos.

En los primeros dos años de matrimonio, la parroquia es llamada a acompañar a los esposos, con el apoyo de parejas experimentadas, asociaciones, movimientos eclesiales y nuevas comunidades; la idea es reunirlos para fortalecer la espiritualidad familiar, haciéndolos participes de  los sacramentos y devociones; proponerles retiros, darles  dirección espiritual; Propender porque entiendan la necesidad de  la oración familiar y personal;  visitarlos para orar en familia y leer la Palabra de tal forma que en ella encuentren criterios de juicio para las situaciones que tengan que enfrentar.

Otras iniciativas pueden ser “las reuniones de matrimonios vecinos o amigos;  retiros breves para matrimonios;  charlas de especialistas sobre problemáticas muy concretas de la vida familiar; centros de asesoramiento matrimonial, agentes misioneros orientados a conversar con los matrimonios sobre sus dificultades y anhelos; consultorías sobre diferentes situaciones familiares (adicciones, infidelidad, violencia familiar), espacios de espiritualidad, talleres de formación para padres con hijos problemáticos, asambleas familiares”

Este camino es una cuestión de tiempo; los agentes pastorales y los grupos matrimoniales deberían ayudar a los matrimonios jóvenes o frágiles a encontrar esos momentos, a detenerse el uno frente al otro, e incluso a compartir momentos de silencio que los obliguen a experimentar la presencia del cónyuge.

“A los matrimonios jóvenes también hay que estimularlos a crear una rutina propia, que brinda una sana sensación de estabilidad y de seguridad, y que se construye con una serie de rituales cotidianos compartidos. Es bueno darse siempre un beso por la mañana, bendecirse todas las noches, esperar al otro y recibirlo cuando llega, tener alguna salida juntos, compartir tareas domésticas. Pero al mismo tiempo es bueno cortar la rutina con la fiesta, no perder la capacidad de celebrar en familia, de alegrarse y de festejar las experiencias lindas. Necesitan sorprenderse juntos por los dones de Dios y alimentar juntos el entusiasmo por vivir. Cuando se sabe celebrar, esta capacidad renueva la energía del amor, lo libera de la monotonía, y llena de color y de esperanza la rutina diaria”.

Cuando uno de los cónyuges no comparte la fe, amarlo, darle felicidad, aliviar sus sufrimientos y compartir la vida con él es un verdadero camino de santificación. Por otra parte, el amor es un don de Dios, y allí donde se derrama hace sentir su fuerza transformadora, de maneras a veces misteriosas, hasta el punto de que «el marido no creyente queda santificado por la mujer, y la mujer no creyente queda santifica por el marido creyente» (1 Co 7,14).

Para acercar a los matrimonios que se han alejado, se pueden aprovechar las celebraciones como el bautismo de un hijo, la primera comunión, o cuando participan de un funeral o del casamiento de un pariente o amigo. También la bendición de los hogares o la visita de una imagen de la Virgen, que dan la ocasión para desarrollar un diálogo pastoral acerca de la situación de la familia. También puede ser útil asignar a matrimonios más crecidos la tarea de acompañar a matrimonios más recientes de su propio vecindario, para visitarlos y hacerles acompañamiento.

Iluminar crisis, angustias y dificultades

El desafío de las crisis.

Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión”. “De ningún modo hay que resignarse a una curva descendente, a un deterioro inevitable, a una soportable mediocridad”. Al contrario, “que las crisis no los asusten ni los lleven a tomar decisiones apresuradas. Cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón”.

A veces se intenta  ”negar los problemas, esconderlos, relativizar su importancia, apostar sólo al paso del tiempo. Pero eso retarda la solución y lleva a consumir mucha energía en un ocultamiento inútil que complicará todavía más las cosas”. En una crisis no asumida, lo que más se perjudica es la comunicación y progresivamente el esposo se convierte en un extraño. Si no se dialogaba  antes, es más difícil en una crisis, pero hay que ayudar a enfrentarla, “como un parto que pasará y dejará un nuevo tesoro”.

“Hay crisis comunes que suelen ocurrir en todos los matrimonios, como la crisis de los comienzos, cuando hay que aprender a compatibilizar las diferencias y desprenderse de los padres; o la crisis de la llegada del hijo, con sus nuevos desafíos emocionales; la crisis de la crianza, que cambia los hábitos del matrimonio; la crisis de la adolescencia del hijo, que exige muchas energías, desestabiliza a los padres y a veces los enfrenta entre sí; la crisis del «nido vacío», que obliga a la pareja a mirarse nuevamente a sí misma; la crisis que se origina en la vejez de los padres de los cónyuges, que reclaman más presencia, cuidados y decisiones difíciles. Son situaciones exigentes, que provocan miedos, sentimientos de culpa, depresiones o cansancios que pueden afectar gravemente a la unión”.

“A estas se suman las crisis personales que inciden en la pareja, relacionadas con dificultades económicas, laborales, afectivas, sociales, espirituales. Y se agregan circunstancias inesperadas que pueden alterar la vida familiar, y que exigen un camino de perdón y reconciliación”; cada uno tiene que preguntarse con serena humildad si no ha creado las condiciones para exponer al otro a cometer ciertos errores. “La reconciliación requiere el sostén de la gracia” y necesita la generosa colaboración de familiares y amigos, y a veces incluso de ayuda externa y profesional.

Se ha vuelto frecuente decidir que todo acabó porque alguno “siente que no recibe lo que desea”, por una  insatisfacción, una ausencia en un momento en que se necesitaba al otro, un orgullo herido o un temor difuso; “ la sensación de no ser completamente correspondido, los celos, las diferencias que surjan entre los dos, el atractivo que despiertan otras personas, los nuevos intereses que tienden a apoderarse del corazón, los cambios físicos del cónyuge, y tantas otras cosas que, más que atentados contra el amor, son oportunidades que invitan a recrearlo una vez más”.

En esas circunstancias, algunos tienen la madurez necesaria y aceptan con realismo que no pueden satisfacer todos los sueños acariciados. Evitan considerarse los únicos mártires y apuestan por fortalecer el vínculo en una construcción que llevará tiempo y esfuerzo. “Porque en el fondo reconocen que cada crisis es como un nuevo «sí» que hace posible que el amor renazca fortalecido, transfigurado, madurado, iluminado. A partir de una crisis se tiene la valentía de buscar las raíces profundas de lo que está ocurriendo, de volver a negociar los acuerdos básicos, de encontrar un nuevo equilibrio y de caminar juntos una etapa nueva. Con esta actitud de constante apertura se pueden afrontar muchas situaciones difíciles. De todos modos, reconociendo que la reconciliación es posible, hoy descubrimos que «un ministerio dedicado a aquellos cuya relación matrimonial se ha roto parece particularmente urgente»”.

Viejas heridas

En las familias hay muchas crisis cuando alguno de sus miembros no ha madurado su manera de relacionarse, porque no ha sanado heridas de alguna etapa de su vida; A veces se ama con un amor egocéntrico propio del niño o del adolescente, “donde los demás deben llenar los propios vacíos o seguir los propios caprichos”.

Muchos, desde la niñez, traen lastimada  su capacidad de confiar y de entregarse; Entonces hay que hacer un proceso de liberación que jamás se enfrentó; antes de tomar decisiones importantes conviene asegurarse de que cada uno haya hecho ese camino de curación de la propia historia.

Acompañar después de rupturas y divorcios

En algunos casos, por valoración de la dignidad propia y del bien de los hijos “la separación es inevitable” y la iglesia debe acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han sufrido injustamente la separación, el divorcio o el abandono, teniendo en cuenta que el  fracaso familiar se vuelve mucho más traumático y doloroso cuando hay pobreza, porque “la persona  queda doblemente expuesta al abandono y a todo tipo de riesgos para su integridad”.

El perdón por la injusticia sufrida no es fácil, pero es un camino que la gracia hace posible. De aquí la necesidad de una pastoral de la reconciliación y de la mediación, a través de centros de escucha especializados que habría que establecer en las diócesis.

Al mismo tiempo, «hay que alentar a las personas divorciadas que no se han vuelto a casar a encontrar en la Eucaristía el alimento que las sostenga en su estado; a  las personas divorciadas que viven en nueva unión, es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que «no están excomulgadas» y no son tratadas como tales, porque siempre integran la comunión eclesial.

Se ha visto  la necesidad de hacer “más accesibles y ágiles, posiblemente totalmente gratuitos, los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad”; por eso el papa Francisco se ha ocupado de esto y también ha querido “hacer evidente que el mismo Obispo en su Iglesia, de la que es constituido pastor y cabeza, es por eso mismo juez entre los fieles que se le han confiado. Por ello, la aplicación de estos documentos es una gran responsabilidad para los Ordinarios diocesanos, llamados a juzgar ellos mismos algunas causas y a garantizar, en todos los modos, un acceso más fácil de los fieles a la justicia”;  será, necesario poner a disposición de las personas separadas o de las parejas en crisis un servicio de información, consejo y mediación en este asunto.

A los padres separados les ruega: “Jamás, jamás, jamás tomar el hijo como rehén. Os habéis separado por muchas dificultades y motivos, la vida os ha dado esta prueba, pero que no sean los hijos quienes carguen el peso de esta separación”;” Es una irresponsabilidad dañar la imagen del padre o de la madre con el objeto de acaparar el afecto del hijo, para vengarse o para defenderse, porque eso afectará a la vida interior de ese niño y provocará heridas difíciles de sanar”.

La Iglesia,  no puede dejar de ser voz de los más frágiles, que son los hijos que sufren, muchas veces en silencio; el ayudar a sanar las heridas de los padres, es un bien también para los hijos, quienes necesitan el rostro familiar de la Iglesia que los apoye en esta experiencia traumática.

Algunas situaciones complejas

Los matrimonios entre católicos y otros bautizados, además de su valor propio, pueden dar una “aportación al movimiento ecuménico”, por esto,  “se debe buscar una colaboración cordial entre el ministro católico y el no católico, desde el tiempo de la preparación al matrimonio y a la boda”. “Acerca de la participación eucarística, se recuerda que la decisión de permitir o no al contrayente no católico la comunión eucarística debe ser tomada de acuerdo con las normas vigentes en la materia, tanto para los cristianos de Oriente como para los otros cristianos, y teniendo en cuenta esta situación especial, es decir, que reciben el sacramento del matrimonio dos cristianos bautizados. Aunque los cónyuges de un matrimonio mixto tienen en común los sacramentos del bautismo y el matrimonio, compartir la Eucaristía sólo puede ser excepcional y, en todo caso, deben observarse las disposiciones establecidas”

“Los matrimonios con disparidad de culto constituyen un lugar privilegiado de diálogo interreligioso”. Comportan algunas dificultades personales, y de orden legal en algunos lugares, y “se requiere urgentemente una atención pastoral diferenciada en función de los diversos contextos sociales y culturales”; también   debemos reafirmar la necesidad de que la libertad religiosa sea respetada para todos. En caso de que uno de los papás sea no creyente, se debe propender por la educación en la fe cristiana de los hijos.

En cuanto al acceso al bautismo, los obispos están llamados a ejercer un discernimiento pastoral acorde con el bien espiritual de las personas que contrajeron una unión matrimonial estable en un momento en que al menos una de ellas aún no conocía la fe cristiana.

“La Iglesia hace suyo el comportamiento del Señor Jesús que en un amor ilimitado se ofrece a todas las personas sin excepción. Con los Padres sinodales, he tomado en consideración la situación de las familias que viven la experiencia de tener en su seno a personas con tendencias homosexuales, una experiencia nada fácil ni para los padres ni para sus hijos. Por eso, deseamos ante todo reiterar que toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo signo de discriminación injusta” y particularmente cualquier forma de agresión y violencia. Por lo que se refiere a las familias, se trata por su parte de asegurar un respetuoso acompañamiento, con el fin de que aquellos que manifiestan una tendencia homosexual puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su vida”.

“En el curso del debate sobre la dignidad y la misión de la familia, los Padres sinodales han hecho notar que los proyectos de equiparación de las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio, «no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. Es inaceptable que las iglesias locales sufran presiones en esta materia y que los organismos internacionales condicionen la ayuda financiera a los países pobres a la introducción de leyes que instituyan el “matrimonio” entre personas del mismo sexo”.

El papa francisco insiste en su preocupación por el cónyuge que se queda solo y a cargo de sus hijos, cualquiera que sea la causa, “debe encontrar apoyo y consuelo entre las familias que conforman la comunidad cristiana, así como en los órganos pastorales de las parroquias. Además, estas familias soportan a menudo otras problemáticas, como las dificultades económicas, la incertidumbre del trabajo precario, la dificultad para la manutención de los hijos, la falta de una vivienda”.

Cuando la muerte clava su aguijón

No podemos dejar de ofrecer la luz de la fe para acompañar a las familias que sufren la pérdida de un ser querido. La viudez es una experiencia particularmente difícil  y lo es también para quienes no cuentan con la presencia de familiares a los que dedicarse y de los cuales recibir afecto y cercanía; la comunidad cristiana debe sostenerlos con particular atención y disponibilidad, sobre todo si se encuentran en condiciones de indigencia.

Con un camino sincero y paciente de oración y de liberación interior, vuelve la paz. En algún momento del duelo hay que ayudar a descubrir que quienes hemos perdido un ser querido todavía tenemos una misión que cumplir, y que no nos hace bien querer prolongar el sufrimiento; La persona amada no necesita nuestro sufrimiento ni le resulta halagador que arruinemos nuestras vidas.

La fe nos asegura que el Resucitado nunca nos abandonará. Así podemos impedir que la muerte «envenene nuestra vida, que haga vanos nuestros afectos, que nos haga caer en el vacío más oscuro». El prefacio de la Liturgia de los difuntos expresa bellamente: «Aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortali­dad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma». Porque «nuestros seres queridos no han desaparecido en la oscuridad de la nada: la esperanza nos asegura que ellos están en las manos buenas y fuertes de Dios».

Una manera de comunicarnos con los seres queridos que murieron es orar por ellos Si aceptamos la muerte podemos prepararnos para ella; Mientras mejor vivamos en esta tierra, más felicidad podremos compartir con los seres queridos en el cielo.