Para Recordar

Mi gracia te basta, que mi gracia se muestra perfecta en la flaqueza

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

CAPITULO SEPTIMO Imprimir E-mail

FORTALECER LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

¿Dónde están los hijos?

Los papas deben saber a quiénes  entregan sus hijos para que los guíen en su tiempo libre.. Siempre hace falta una vigilancia. Los padres deben orientar y prevenir a los niños y adolescentes para que sepan enfrentar situaciones donde pueda haber riesgos, por ejemplo, de agresiones, de abuso o de drogadicción.

Pero no buscar dominar su espacio, de ese modo no se le  preparará ante los desafíos. Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de maduración de su libertad para que sepan actuar en circunstancias difíciles. Entonces la gran cuestión no es dónde está el hijo físicamente,  sino en un sentido existencial desde el punto de vista de  su proyecto de vida. Sabemos dónde está y, sobre todo, ¿queremos saberlo?.

 

Formación ética de los hijos

Aunque los padres necesitan de la escuela para asegurar una instrucción básica de sus hijos, nunca pueden delegar completamente su formación moral. El desarrollo afectivo y ético requiere generar confianza en los  hijos y un amoroso respeto inspirado en el testimonio que le dan. Cuando un hijo ya no siente que es valioso para sus padres, eso crea heridas profundas que originan muchas dificultades en su maduración. Esa ausencia, ese abandono afectivo, provoca un dolor más íntimo que una eventual corrección que reciba por una mala acción.

La tarea de los padres incluye una educación de la voluntad y un desarrollo de hábitos buenos e inclinaciones a favor del bien.  La formación moral debe realizarse de modo inductivo, de tal manera que el hijo pueda llegar a descubrir por sí mismo la importancia de determinados valores, principios y normas, en lugar de imponérselos como verdades irrefutables. No basta con reconocer lo bueno sino lograr que la persona lo elija con verdadera convicción ante otras alternativas

Valor de la sanción como estímulo

Asimismo, es indispensable sensibilizar al niño o al adolescente para que advierta que las malas acciones tienen consecuencias. Hay que despertar la capacidad de ponerse en el lugar del otro y de dolerse por su sufrimiento cuando se le ha hecho daño. Algunas sanciones pueden cumplir en parte esta finalidad. Es importante orientar al niño con firmeza a que pida perdón y repare el daño realizado a los demás.

La corrección es un estímulo cuando también se valoran y se reconocen los esfuerzos; un niño corregido con amor se siente tenido en cuenta;  nunca se debe corregir con agresividad o sin evaluar la fragilidad y los límites propios de la edad; hay que saber encontrar un equilibrio entre dos extremos igualmente nocivos: no exigirle al hijo el cumplimiento de sus responsabilidades o  torturarlo con el cumplimiento de sus deberes y  los deseos ajenos.

Paciente realismo

La educación moral implica pedir a un niño o a un joven sólo aquellas cosas que no le signifiquen un sacrificio desproporcionado, que no le provoquen resentimiento o acciones puramente forzadas; de otro modo,  apenas pueda librarse de la autoridad, posiblemente dejará de obrar bien.

La formación ética despierta a veces desprecio debido a experiencias de abandono, de desilusión, de carencia afectiva, o por una mala imagen de los padres. Por eso, hay que ayudar a los adolescentes a comprender la imperfección del ser humano y a reconciliarse  con la sociedad.

Cuando se proponen valores, se requiere de un proceso gradual en la consecución de cambios de comportamiento; “la libertad concreta, real, es limitada y condicionada. No es una pura capacidad de elegir el bien con total espontaneidad”; a veces se hace casi imposible para una persona no optar por lo malo, por ejemplo cuando hay adicción, entonces no tiene sentido «dejar que elija con libertad»,  necesita  la ayuda de los demás y un camino educativo.

La vida familiar como contexto educativo

La familia es la primera escuela de los valores humanos, en la que se aprende el buen uso de la libertad. Hay inclinaciones desarrolladas en la niñez que permanecen toda la vida; “lamentablemente, muchas veces algunos programas televisivos o ciertas formas de publicidad inciden negativamente y debilitan valores recibidos en la vida familiar”.

En este tiempo, en el que reinan la ansiedad y la prisa tecnológica, una tarea importantísima de las familias es educar para la capacidad de esperar, si no los niños “se  convierten en atropelladores, que someten todo a la satisfacción de sus necesidades inmediatas y crecen con el vicio del «quiero y tengo»”. “En una familia sana, este aprendizaje se produce de manera ordinaria por las exigencias de la convivencia”.

La familia es el ámbito de la socialización primaria, allí, y con los vecinos,  se aprenden las normas elementales de convivencia; también desde allí se recogen los hábitos ecológicos y sensibilidad  ante el sufrimiento ajeno,

Las tecnologías de la comunicación y la distracción, cada vez más sofisticadas, pueden ser útiles para conectar a los miembros de la familia a pesar de la distancia, pero no sustituyen ni reemplazan la necesidad del diálogo más personal y profundo que requiere del contacto físico; esto debe ser motivo de diálogo y de acuerdos entre los miembros de la familia, evitando que los hijos caigan en ese «autismo tecnológico» que los expone a otros riesgos.

Tampoco es bueno que los padres se conviertan en seres omnipotentes para sus hijos, que sólo puedan confiar en ellos, porque así impiden un adecuado proceso de socialización y de maduración afectiva. La catequesis y las escuelas católicas son una ayuda positiva y por eso «hay que afirmar decididamente la libertad de la Iglesia de enseñar la propia doctrina y el derecho a la objeción de conciencia por parte de los educadores»

Sí a la educación sexual

La educación sexual podría  “entenderse en el marco de una educación para el amor, para la donación mutua. De esa manera, el lenguaje de la sexualidad no se ve tristemente empobrecido, sino iluminado”. “El impulso sexual puede ser cultivado en un camino de autoconocimiento y en el desarrollo de una capacidad de autodominio, que pueden ayudar a sacar a la luz capacidades preciosas de gozo y de encuentro amoroso”.

La educación sexual debe llegar en el momento apropiado y de una manera adecuada a la etapa que viven los niños y jóvenes;  “No sirve saturarlos de datos sin el desarrollo de un sentido crítico ante una invasión de propuestas, ante la pornografía descontrolada y la sobrecarga de estímulos que pueden mutilar la sexualidad”.  “Una educación sexual que cuide un sano pudor tiene un valor inmenso”, “Es una defensa natural de la persona que resguarda su interioridad y evita ser convertida en un puro objeto. Sin el pudor, podemos reducir el afecto y la sexualidad a obsesiones que nos concentran sólo en la genitalidad, en morbosidades que desfiguran nuestra capacidad de amar y en diversas formas de violencia sexual que nos llevan a ser tratados de modo inhumano o a dañar a otros”.

Con frecuencia la educación sexual se concentra en la invitación a «cuidarse», procurando un «sexo seguro, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida. Es irresponsable toda invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos en lugar de  enseñarles un camino en torno a las diversas expresiones del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respetuosa, a la comunicación rica de sentido; todo esto prepara para el compromiso serio del matrimonio que se expresará  luego  en la entrega de los cuerpos.

“No hay que engañar a los jóvenes llevándoles a confundir los planos: la atracción «crea, por un momento, la ilusión de la “unión”, pero, sin amor, tal unión deja a los desconocidos tan separados como antes» El lenguaje del cuerpo requiere el paciente aprendizaje que permite interpretar y educar los propios deseos para entregarse de verdad. Cuando se pretende entregar todo de golpe es posible que no se entregue nada. Una cosa es comprender las fragilidades de la edad o sus confusiones, y otra es alentar a los adolescentes a prolongar la inmadurez de su forma de amar. Pero ¿quién habla hoy de estas cosas? ¿Quién es capaz de tomarse en serio a los jóvenes? ¿Quién les ayuda a prepararse en serio para un amor grande y generoso? Se toma demasiado a la ligera la educación sexual”.

“Más allá de las comprensibles dificultades que cada uno pueda vivir, hay que ayudar a aceptar el propio cuerpo tal como ha sido creado”; “También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente»”. “Sólo perdiéndole el miedo a la diferencia, uno puede terminar de liberarse de la inmanencia del propio ser y del embeleso por sí mismo. La educación sexual debe ayudar a aceptar el propio cuerpo, de manera que la persona no pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»”.

Tampoco se puede ignorar que, en la configuración del propio modo de ser, femenino o masculino, no confluyen sólo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia personal y otras circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptación. Hay elementos biológicos que es imposible ignorar, pero lo masculino y lo femenino no son  algo rígido que pueda impedir el desarrollo de las propias capacidades y, en general, no hay actividades calificadas exclusivamente femeninas o masculinas.

Transmitir la fe

La educación de los hijos debe estar marcada por un camino de transmisión de la fe, en donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la misma, a rezar y a servir al prójimo. La fe es don de Dios, recibido en el bautismo, pero los padres son instrumentos de Dios para su maduración y desarrollo; esto supone que ellos vivan la experiencia real de confiar en Dios, de buscarlo, de necesitarlo; de ofrecer a los hijos testimonios luminosos que se impongan por su sola belleza. “Los momentos de oración en familia y las expresiones de la piedad popular pueden tener mayor fuerza evangelizadora que todas las catequesis y que todos los discursos”.

«La familia se convierte en sujeto de la acción pastoral mediante el anuncio explícito del Evangelio y el legado de múltiples formas de testimonio, entre las cuales: la solidaridad con los pobres, la apertura a la diversidad de las personas, la custodia de la creación, la solidaridad moral y material hacia las otras familias, sobre todo hacia las más necesitadas, el compromiso con la promoción del bien común, incluso mediante la transformación de las estructuras sociales injustas, a partir del territorio en el cual la familia vive, practicando las obras de misericordia corporal y espiritual»