Para Recordar

Revestíos de amor, que es el vínculo de la perfección....

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MI PRIMER ENCUENTRO CON JESÚS

Era el primer viernes de septiembre de 1998, me encontraba viviendo desde hacía varios meses en el Perú con mi esposo y mi pequeño hijo de año y medio, sin trabajo y con una empleada que se encargaba de todo en la casa; el ocio me había llevado a escuchar con frecuencia el canal EWTN y,  tal vez la soledad, me había movido a aceptar la invitación de visitar a “Jesús Sacramentado”: un Dios que se encontraba escondido en una hostia, un Dios…¿realmente presente en esa formita hecha de harina?. Muy temprano corrí a la iglesia invadida por un inusual sentimiento de amor o por una urgente necesidad de afecto y me arrodillé; ante el Santísimo Sacramento expuesto le pedí a Jesús, repetidamente y con todo el corazón,  que me diera un abrazo. Si, ¡un abrazo!, en ese momento no necesitaba nada más y nada me haría más feliz. Luego de varios minutos salí de la iglesia observando de reojo los bultos de los pocos fieles que se hallaban en oración y con un profundo sentimiento de ridículo. Cuántas penas y tristezas estarían siendo presentadas ante el Señor, y  yo, ¡pidiendo un abrazo!.

A eso del medio día asistí a misa y salí sin que me abandonara aún un incómodo sentimiento de frustración, si bien, ya no recordaba la oración de la mañana. Al salir de la iglesia, un anciano se dirigió hacia mí estirando una estampa de la Santísima Virgen, yo, mostrando mi desgano, desde lejos le dije que no tenía monedas a pesar de que si las tenía; el anciano me contestó: “yo no necesito monedas, lo que más me falta en este mundo es cariño…sólo déjeme que le de un beso”. Cruzamos unas breves palabras que no recuerdo en su totalidad, pero durante ese pequeño lapso de tiempo el anciano se aproximó y me dio tres besos cada uno con un suave abrazo. Aunque no sentí repugnancia ni noté malicia alguna por parte del anciano, debo decir que al despedirme me acompañó durante varias horas una intensa sensación de fastidio debido a la humedad de los labios que percibí en su último acercamiento y que continuaba percibiendo. Dicha sensación se convirtió lentamente en dulzura desde el momento en que, seguramente por gracia de Dios, recordé la oración hecha en la mañana en la que pedí a Jesús un abrazo. Días después recordé las últimas palabras del anciano al despedirnos: “no se olvide que yo siempre estoy aquí…para lo que  necesite…para lo que sea” y aunque nunca lo volví a ver en la puerta de la iglesia estoy segura de que está allí. Esa noche no pude dormir. La certeza de que mi oración había sido respondida me conmovió tan hondamente que, además de renovar mi opaca fe, me llevó a enamorarme realmente de ese Dios que, al parecer, no se resistió a mi pequeño acto de amor. Esculqué mis viejos cajones de recuerdos y mis libros preferidos de poesía para dedicarle al Señor las más armoniosas y bellas, le escribí un acróstico…

Jesús,

  En

    Silencio

       Un corazón

         Suspira  por ti... el mío.