Para Recordar

Revestíos de amor, que es el vínculo de la perfección....

TIENES UN ANGEL Imprimir E-mail
“..pues El mandará que sus ángeles te cuiden por dondequiera que vayas…” 

Nunca he dudado de la existencia del ángel guardián que, según nos enseñan desde pequeños, permanece por siempre a nuestro lado para nuestra protección. A pesar de esto,  hasta hace unos años la relación que yo mantenía con el mío era bastante fría pues me limitaba a comunicarme con él solo en los momentos críticos,  de riesgo, ante los cuales lo invocaba ansiosamente y son innumerables las veces en que he sido librada de robos callejeros, choques de auto, peleas y otros contratiempos. También debo decir que siendo una persona muy despistada mi ángel varias veces me ha alertado de los peligros provocando en mí un profundo miedo que me lleva a reaccionar de inmediato y a protegerme. La relación distante que mantenía con mi ángel cambió a raíz de un programa de televisión sobre ángeles en el que se decía que, a petición nuestra, ellos pueden influir sorprendentemente en el ánimo de otras personas resultando que, prácticamente,  podríamos servirnos de ellos para mejorar las relaciones interpersonales de todo tipo. Desde entonces, tanto mi esposo como yo comprobamos  permanentemente las efectivas acciones que en este sentido prestan los mensajeros divinos.  Pensando pues en que los ángeles,  en su afán de  salvar tanto el cuerpo como el alma a su cargo –siempre dentro de la Voluntad de Dios- , son capaces de modificar sucesos e influir sobre otras personas para bien de sus custodiados, me atrevo a relatar estos hechos como “cosa de ángeles” aunque obviamente no lo puedo asegurar ? En 1989  un hecho me impactó de manera especial, pues no podía creer en tan precisas casualidades.

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Recién egresada de la Universidad me encontraba trabajando  y en espera de la bonificación navideña con la cual, entre otras cosas, deseaba darle una buena limosna a un anciano que me causaba mucha compasión. Este, se paraba a la entrada del edificio donde yo laboraba para vender, por un valor ínfimo, limas de papel para las uñas.Cuando ya se acercaba la fecha de la bonificación, alguien sembró en mí la duda de que el anciano fuera un agente o policía encubierto dado que con el producto de sus ventas no era factible que sobreviviera. Esta posibilidad me pareció razonable por lo que decidí no darle la limosna, decisión que reafirmé al observar sus zapatos relucientes, nuevos, discordantes con su ropa gastada. Sin embargo, un día antes de recibir la esperada bonificación visité a mi madre y tan pronto entré en su casa, incluso antes de saludarla, fui impulsada a encender el televisor en donde, para mi sorpresa, apareció el rostro del anciano; éste al parecer estaba siendo entrevistado en vivo mientras ofrecía en venta sus zapatos nuevos en uno de esos “mercados de las pulgas”. Los zapatos le habían sido regalados. Como es obvio, después de esto no dudé en entregar al anciano la limosna prevista desde el principio pues estaba segura de que alguien estaba muy interesado en que así  lo hiciera, tal vez su ángel.

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Cierto día me llamó mi esposo desde su oficina para avisarme que  tendría una cena en la que esperaba continuar con una interminable discusión de negocios que se había extendido durante todo el día. Según él, llevaba varias horas enfrascado en una reunión en la cual ninguna de las partes estaba dispuesta a ceder y tal era su desaliento que me pidió, tal vez en broma, acudir a mi ángel guardián para que interviniera y de inmediato lo hice. Al día siguiente mi esposo me comentó que había sucedido algo sorprendente: no sólo habían llegado a un acuerdo sino que sus propios contendores le propusieron la solución más ventajosa para él, solución que ya le venía dando vueltas en la cabeza y que no se había atrevido a expresar para evitar mayores disgustos.

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El 2 de octubre del 98 escuché en la mañana que se celebraba el día de los ángeles custodios y pensé que sería un buen detalle con el mío, el celebrárselo. Así, mientras hacíamos el mercado le comenté a mi esposo mi deseo mientras me acercaba a un aparador con tarjetas.  El me miró “con el ceño fruncido” a la vez que yo tomaba una tarjeta al azar y me sorprendía enormemente al ver que estaba como “mandada a hacer” para la ocasión; no tenía ninguna dedicatoria específica como es la costumbre y su texto, distribuido en varias hojitas y acompañado de graciosos dibujos decía: “Tú entiendes mis sentimientos, conoces mis gustos, mis estados de ánimo, mis altibajos, ME QUIERES, me apoyas en mis decisiones, me proteges de todo lo que me pueda dañar. Por todo eso y por lo que no alcanzo a expresar… GRACIAS.” Al mostrar la tarjeta a mi esposo, aún con desánimo pero con asombro no pudo más que consentir en comprarla, acompañada de una tortica de cumpleaños y  ofrecérsela con cariño a nuestros queridos ángeles custodios.

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En septiembre de 1999 se disponía mi esposo a enviar nuestro equipaje de vuelta hacia Colombia, equipaje compuesto por más de 20 cajas de libros y elementos para el hogar, y se quejaba del impresionante trámite burocrático que debía seguir, con la experiencia vivida al llegar, dos años atrás. Especialmente recordaba a un funcionario de migración tosco y desconsiderado que antes de facilitar los trámites parecía tener la intención de dificultarlos y, desanimado, calculaba que gastaría por lo menos dos días en realizar todas las gestiones. Acordándome de los ángeles le sugerí a mi esposo que se encomendara al suyo a fin de que agilizara un poco el proceso y así lo hizo; antes del medio día mi esposo me llamó para contarme alegremente que ya había finalizado los trámites, seguramente con la efectiva intervención de su ángel; no sólo no le revisaron las cajas ni le demoraron los papeles sino que el funcionario que tan mal recuerdo había dejado le colaboró amablemente en todo lo que estuvo a su alcance y ¡hasta le diligenció personalmente los formularios!.

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Luego de escuchar el relato de varias amigas a quienes su respectivo ángel guardián les hizo saber como se llamaba, con solo preguntárselo, me propuse no dejar en paz al mío hasta tanto no me revelara su nombre y todas las noches mi último pensamiento era para él. Aunque tardó varios meses en hacerlo, finalmente lo hizo y desde entonces me resulta más cálida y cercana la comunicación con él. Como se me había dicho, cuando nuestro angelito responde lo hace de manera  tan clara que no da lugar a dudas;  muy temprano me despertó con una canción que lleva su nombre,  en  la oración de la mañana su nombre se repetía con insistencia y la imagen que  veía a través de la ventana me lo confirmaba. A medio día algo que llamó fuertemente mi atención  me repitió su nombre y en  la noche, mis sueños me lo confirmaron definitivamente.  El nombre de mi ángel representa algo tan bello de la naturaleza, que bien puedo hacerme una imagen de su hermosura, ¿no es una pena que a veces nos olvidemos de este regalo de Dios?.  

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Muchas veces he visto a mis pequeños hijos “salvarse” de inminentes peligros y sin dudarlo agradezco de inmediato a su ángel de la guarda, quien en la Divina Voluntad protege su vida. De estas ocasiones recuerdo especialmente cuando, solo dos días después de nacido mi hijo mayor,  lo coloqué sobre mi hombro para recostarme en la cama sosteniéndolo con ambas manos; el dolor producido por la reciente cesárea me llevó a quitar  mi mano derecha de su espalda  en un movimiento casi reflejo y verdaderamente torpe; casi al mismo instante el cuerpo del pequeño se descolgó hacia atrás ante mi aterrada mirada y el angustioso pensamiento: !la columna! De repente, una invisible y suave mano lo levantó y lo colocó de nuevo en mi hombro sin que yo atinara a respirar.  No podría narrar por su simpleza  las numerosas muestras de amor y cercanía de mi querido ángel pero debo decir que lo invoco con frecuencia: siempre que siento temor, cuando salgo de mi casa, cuando necesito un favor de alguien; cuando necesito que me atiendan con urgencia; siempre que voy a tomar un taxi; cuando requiero que una persona me llame; cuando quiero encomendar a alguien a los cuidados de su propio ángel, cuando necesito acordarme de algo… Quien podría pagar en este mundo semejante “guardaespaldas”?