Para Recordar

Hay mas dicha en dar que en recibir...(Hechos 20;35)

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

EXHORTACION APOSTOLICA GAUDETE ET EXSULTATE Imprimir E-mail

ALEGRAOS Y REGOCIJAOS Sobre el Llamado a la Santidad en el Mundo Actual

Quiero compartir aquí “mi resumen” de esta nueva publicación del papa Francisco, en la que  omito las referencias y trato de extractar las ideas principales cuidando al máximo de que no se modifique o se pierda el sentido original del texto. Las frases literales están entre comillas. Enseguida viene otro resumen más corto.

CAPÍTULO PRIMERO
EL LLAMADO A LA SANTIDAD

Los santos que nos alientan y acompañan no son solo los que se mencionan en la Biblia sino parientes o personas cercanas  que “aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor”.

Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios nos protegen y guían; en ellos se han verificado virtudes heroicas y el ofrecimiento de la vida por los demás a “imitación ejemplar de Cristo”

Los santos de la puerta de al lado. Son esos padres que crían a sus hijos con amor, las personas “que trabajan para llevar el pan a sus casas”, enfermos, religiosas ancianas y todos los que reflejan a Dios con un testimonio de fe y caridad en su vida; Santa Teresa Benedicta de la Cruz sugiere que “seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia”, e igualmente  nuestra vida personal.

Para finalizar este título, el papa anota que la presencia del Espíritu Santo, y los testimonios de entrega, hasta el martirio por Cristo, también se ven fuera de la  Iglesia Católica.

El Señor llama “…lo que quisiera recordar con esta Exhortación es sobre todo el llamado a la santidad que el Señor hace a cada uno de nosotros, ese llamado que te dirige también a ti: «Sed santos, porque yo soy santo”. No se trata de intentar imitar modelos de santidad inalcanzables sino de “encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos”, “Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: «No, no hablaré mal de nadie». Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe. Ese es otro camino de santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso.”

“A veces la vida presenta desafíos mayores y a través de ellos el Señor nos invita a nuevas conversiones que permiten que su gracia se manifieste mejor en nuestra existencia «para que participemos de su santidad»”. Se reconoce que no es fácil pero precisamente por eso nos debemos fortalecer en Cristo.

Tu misión en Cristo La vida de un cristiano debe ser un camino de santidad, porque esta es la Voluntad de Dios; un camino  modelado según la vida de Cristo, reproduciendo en la propia existencia la vida terrena de Jesús; «la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»

“Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión…pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy”.

El Señor actúa también “en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina”.

La actividad que santifica “Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos”; “... no te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño”.

El llamado incluye  contemplación y  también  acción; a veces podemos ser tentados a huir para no perder la paz o somos movidos por la ansiedad o el  orgullo para hacer cosas que -en ese caso- no nos santificarán; “El desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo”.

Podrán darse momentos de mucha actividad, de distensión y distracción, de sentir profundo abandono o soledad, o acedia,  pero cada uno de ellos debe ser “expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor”, “de este modo, todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación”.

Más vivos, más humanos Aquí se nos invita a no tenerle miedo a la santidad, porque para eso hemos sido creados, y llamados a asumir “los roles como sal de la tierra y luz del mundo”; amados, liberados, dignificados y guiados por Dios. La santidad es el encuentro de tu humanidad con Dios, “de tu debilidad con la fuerza de la gracia”.

CAPÍTULO SEGUNDO
DOS SUTILES ENEMIGOS DE LA SANTIDAD

Se trata de dos herejías que surgieron en los primeros siglos cristianos, que no buscan realmente atraer a los demás hacia la gracia de Dios sino analizarlos, clasificarlos y controlarlos.

El gnosticismo actual El gnosticismo es la aceptación de una fe subjetiva e individualista en la que la persona se queda como encerrada en su propia razón y sentimientos.

Los «gnósticos» pueden atraer porque aparentan profundidad, armonía y orden pero finalmente se quedan en lo superficial pues “no se mueve ni se conmueve la profundidad del pensamiento”.

“Una cosa es un sano y humilde uso de la razón para reflexionar sobre la enseñanza teológica y moral del Evangelio; otra es pretender reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo”.

“El gnosticismo «por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio», tanto el misterio de Dios y de su gracia, como el misterio de la vida de los demás”. “Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino y es posible que sea un falso profeta…Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa…no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar para encontrarlo”.

“Tampoco se puede pretender definir dónde no está Dios, porque él está misteriosamente en la vida de toda persona, está en la vida de cada uno como él quiere, y no podemos negarlo con nuestras supuestas certezas. Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida. Si nos dejamos guiar por el Espíritu más que por nuestros razonamientos, podemos y debemos buscar al Señor en toda vida humana. Esto es parte del misterio que las mentalidades gnósticas terminan rechazando, porque no lo pueden controlar”.

Mucho se puede estudiar y aprender, sin embargo, el adquirir nuevos conocimientos siempre debe ayudarnos a  responder mejor al amor de Dios y no alejarnos de “la frescura del evangelio”, de la oración, de la devoción, de la misericordia.

El pelagianismo actual “…el poder que los gnósticos atribuían a la inteligencia, algunos comenzaron a atribuírselo a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Así surgieron los pelagianos y los semipelagianos. Ya no era la inteligencia lo que ocupaba el lugar del misterio y de la gracia, sino la voluntad”.

Aunque la gracia de Dios es exaltada con palabras, la idea solapada  que se transmite es que todo se puede con la voluntad humana, “a lo que se añade” la gracia de Dios; pero, justamente, el no reconocer con humildad nuestros limites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros; Ella, “de ordinario”, nos toma y nos transforma de una forma progresiva, histórica.

A Abraham Dios le dice: «Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto» . Así, debemos aceptarlo en nuestras vidas, caminando con él, dejándonos moldear por él, como habitando en él, en su luz y en su amor. “En él somos santificados”.

Una enseñanza de la Iglesia muchas veces olvidada es que “no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa” y  “todo lo que pueda cooperar con ella es previamente don de la misma gracia: «Aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo»”.

En este aparte del documento se reitera que todo es gracia pues  “«frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito alguno de parte del hombre. Entre él y nosotros la desigualdad no tiene medida»”  y debemos aceptar esta verdad, interiorizarla y responder con gozo y gratitud.   Una vez acogido el don de Dios con libertad y humildad podemos cooperar para que crezca y se desarrolle en nosotros, ofreciendo a Dios  todas nuestras capacidades, sin olvidar la caridad “porque si no tengo caridad no soy nada”.

Los nuevos pelagianos son los que se empeñan en buscar  “la justificación por las propias fuerzas”, y en buscar  vanaglorias ligadas a la gestión de asuntos prácticos, cuestiones legales, políticas, sociales, de  realización autorreferencial. “En esto algunos cristianos gastan sus energías y su tiempo, en lugar de dejarse llevar por el Espíritu en el camino del amor, de apasionarse por comunicar la hermosura y la alegría del Evangelio y de buscar a los perdidos en esas inmensas multitudes sedientas de Cristo”.

Muchas veces “algunos grupos cristianos dan excesiva importancia al cumplimiento de determinadas normas propias, costumbres o estilos”… complicando el Evangelio  y “quitándole su sencillez cautivante y su sal”. “Es quizás una forma sutil de pelagianismo”, que apaga el verdadero Espíritu de la comunidad. Para evitar esto se sugiere voltear la mirada hacia las virtudes teologales, que tienen a Dios como objeto y motivo, dejando en el centro la caridad; Jesús mismo destacó entre todos los preceptos el amor a Dios y al prójimo, especialmente al  “más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, donde está presente la imagen misma de Dios”. “El Señor y el prójimo, estas dos riquezas no desaparecen”.

“Exhorto a cada uno a preguntarse y a discernir frente a Dios de qué manera pueden estar manifestándose en su vida” estas desviaciones que retrasan el camino a la santidad.

CAPÍTULO TERCERO
A LA LUZ DEL MAESTRO

Que mejor que recoger las sencillas palabras  de Jesús en el sermón de la montaña para explicar  cómo ser santos.

A contracorriente van las palabras de Jesús en un mundo que invita al egoísmo, la comodidad y el orgullo.

 

«Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos»

El Evangelio nos invita a reconocer en dónde tenemos puesta la seguridad de nuestra vida. Normalmente el rico se siente seguro con sus riquezas, satisfecho de sí mismo y no tiene espacio ni para la palabra de Dios ni para amar a los hermanos ni para gozar de  otros bienes mayores. “Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad”.

“Esta pobreza de espíritu está muy relacionada con aquella «santa indiferencia» que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosa libertad interior…”  aceptando con paz todo lo que nos venga.   El Evangelio también sugiere conformarnos más con Jesús llevando una vida austera en lo material.  Ser pobre en el corazón, esto es santidad.

«Felices los mansos, porque heredarán la tierra»

En un mundo en que se vive en actitud defensiva y crítica, donde reina el orgullo y  la vanidad, Jesús propone otro estilo: la mansedumbre.  “Él dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas». Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles.” San pablo agrega:  «Piensa que también tú puedes ser tentado»

“Aun cuando uno defienda su fe y sus convicciones debe hacerlo con mansedumbre”; No importa parecer débil; “Porque los mansos, más allá de lo que digan las circunstancias, esperan en el Señor, y los que esperan en el Señor poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz. Al mismo tiempo, el Señor confía en ellos: «En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras»”. Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.

 

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados»

“El mundo no quiere llorar”; “El mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida”. El mundano prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas y huir de una realidad donde “nunca, nunca, puede faltar la cruz”.

“La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás. Esa persona siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece hasta experimentar que las distancias se borran. Así es posible acoger aquella exhortación de san Pablo: «Llorad con los que lloran»”. Saber llorar con los demás, esto es santidad.

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados»

Jesús le dice a los que de verdad anhelan la justicia que serán saciados, “ya que tarde o temprano la justicia llega, y nosotros podemos colaborar para que sea posible, aunque no siempre veamos los resultados de este empeño”.

 

“Pero la justicia que propone Jesús no es como la que busca el mundo, tantas veces manchada por intereses mezquinos, manipulada para un lado o para otro”; es la que “empieza por hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles”.

“Es cierto que la palabra «justicia» puede ser sinónimo de fidelidad a la voluntad de Dios con toda nuestra vida, pero si le damos un sentido muy general olvidamos que se manifiesta especialmente en la justicia con los desamparados”. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.

 

«Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia

“La misericordia tiene dos aspectos: es dar, ayudar, servir a los otros, y también perdonar, comprender. Mateo lo resume en una regla de oro: «Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella»”, aplicable especialmente en casos difíciles.

 

En esto insisten los evangelistas: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará. «Con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (medida para dar, comprender y perdonar). “No nos conviene olvidarlo”.

Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.

 

«Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios»

“Esta bienaventuranza se refiere a quienes tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad”; “En la Biblia, el corazón son nuestras intenciones verdaderas, lo que realmente buscamos y deseamos, más allá de lo que aparentamos…” ; En el evangelio de Mateo vemos también que lo que viene de dentro del corazón es lo que contamina al hombre pues allí se originan los malos deseos y las malas decisiones. Dios sabe «lo que hay dentro de cada hombre»”. Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad.

 

«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios»

Algo muy común son los malentendidos. “El mundo de las habladurías, hecho por gente que se dedica a criticar y a destruir, no construye la paz. Esa gente más bien es enemiga de la paz y de ningún modo bienaventurada”.

“Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social”; “Y si en alguna ocasión en nuestra comunidad tenemos dudas acerca de lo que hay que hacer, «procuremos lo que favorece la paz» porque la unidad es superior al conflicto”.

 

“No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses. Es duro y requiere una gran amplitud de mente y de corazón, ya que no se trata de «un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz», ni de un proyecto «de unos pocos para unos pocos». Tampoco pretende ignorar o disimular los conflictos, sino «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso». Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza”. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.

 

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»

“No se puede esperar, para vivir el Evangelio, que todo a nuestro alrededor sea favorable, porque muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra. San Juan Pablo II decía que «…En una sociedad así, alienada, atrapada en una trama política, mediática, económica, cultural e incluso religiosa que impide un auténtico desarrollo humano y social, se vuelve difícil vivir las bienaventuranzas, llegando incluso a ser algo mal visto, sospechado, ridiculizado”.

“La cruz, sobre todo los cansancios y los dolores que soportamos por vivir el mandamiento del amor y el camino de la justicia, es fuente de maduración y de santificación”. Se refiere a las persecuciones, pero no a “las que podamos ocasionarnos nosotros mismos con un modo equivocado de tratar a los demás”, sino a las que aún hoy se sufren por el Evangelio, de manera cruenta y también de forma sutil con calumnias y burlas. Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad.

El gran protocolo Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en el capítulo 25 de San Mateo hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». Este llamado a reconocer a Cristo en los pobres y sufrientes “revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse”.

El papa Francisco ruega a los cristianos aceptar estos pedidos del Señor sin divagaciones ni excusas; a cambiar la forma de ver a un hermano necesitado, no como una molestia sino como “un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos!” Y no solo se trata de realizar algunas buenas obras sino de buscar cambios sociales y económicos que acaben con la exclusión.

Las ideologías que mutilan el corazón del Evangelio

Un error es separar la ayuda a los necesitados de la relación personal con el Señor y eso lo han demostrado grandes Santos a quienes su amor a Dios les animó a entregarse más al servicio del prójimo; de otra forma, “el cristianismo se convierte en una especie de ONG”

“También es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. O lo relativizan como si hubiera otras cosas más importantes o como si solo interesara una determinada ética o una razón que ellos defienden. La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte. No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente”.

Frente a la situación de los migrantes, por ejemplo, a un cristiano “solo le cabe la actitud de ponerse en los zapatos de ese hermano que arriesga su vida para dar un futuro a sus hijos”... “San Benito lo había asumido sin vueltas y, aunque eso pudiera «complicar» la vida de los monjes, estableció que a todos los huéspedes que se presentaran en el monasterio se los acogiera «como a Cristo», expresándolo aun con gestos de adoración, y que a los pobres y peregrinos se los tratara «con el máximo cuidado y solicitud»”.

“Algo semejante plantea el Antiguo Testamento cuando dice: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto»…”Por lo tanto, no se trata de un invento de un Papa o de un delirio pasajero. Nosotros también, en el contexto actual, estamos llamados a vivir el camino de iluminación espiritual que nos presentaba el profeta Isaías cuando se preguntaba qué es lo que agrada a Dios: «Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora»”.

El culto que más le agrada

Insiste el papa Francisco en que “el criterio para evaluar nuestra vida es ante todo lo que hicimos con los demás” y que el culto a Dios y la oración deben llevar a esa entrega generosa al necesitado; presenta la misericordia con el prójimo como el sacrificio que más le agrada y le da gloria a Dios, a la vez que nos santifica; “es la llave del cielo” porque nos hace verdaderos hijos de Dios.

El consumismo, la búsqueda de placer, el acceso a tanta información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual, difícilmente nos darán tiempo para fijarnos en los hermanos que sufren; “En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz”.

***

“La fuerza del testimonio de los santos está en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final. Son pocas palabras, sencillas, pero prácticas y válidas para todos, porque el cristianismo es principalmente para ser practicado, y si es también objeto de reflexión, eso solo es válido cuando nos ayuda a vivir el Evangelio en la vida cotidiana. Recomiendo vivamente releer con frecuencia estos grandes textos bíblicos, recordarlos, orar con ellos, intentar hacerlos carne. Nos harán bien, nos harán genuinamente felices”.

 

CAPÍTULO CUARTO
ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL

Además de los medios de santificación conocidos como la oración, la Eucaristía y la Reconciliación, el papa Francisco quiere destacar otras “cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considero de particular importancia, debido a algunos riesgos y límites de la cultura de hoy. En ella se manifiestan: la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual”.

Aguante, paciencia y mansedumbre

“La primera de estas grandes notas es estar centrado, firme en torno a Dios que ama y que sostiene. Desde esa firmeza interior es posible aguantar, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» .Esto es fuente de la paz que se expresa en las actitudes de un santo. A partir de tal solidez interior, el testimonio de santidad, en nuestro mundo acelerado, voluble y agresivo, está hecho de paciencia y constancia en el bien. Es la fidelidad del amor, porque quien se apoya en Dios también puede ser fiel frente a los hermanos, no los abandona en los malos momentos, no se deja llevar por su ansiedad y se mantiene al lado de los demás aun cuando eso no le brinde satisfacciones inmediatas”.

De esta paciencia, mansedumbre y constancia en el bien, se desprenden tantos otros llamados que hace San Pablo en sus cartas: no devolver «a nadie mal por mal»; no querer hacerse justicia por cuenta propia; vencer «al mal con el bien»; «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad».

“Hace falta luchar y estar atentos frente a nuestras propias inclinaciones agresivas y egocéntricas para no permitir que se arraiguen”... “Cuando hay circunstancias que nos abruman, siempre podemos recurrir al ancla de la súplica, que nos lleva a quedar de nuevo en las manos de Dios y junto a la fuente de la paz…”

A través de internet y diversos espacios de intercambio digital, se presenta la difamación y la calumnia, “y parece quedar fuera toda ética y respeto por la fama ajena”; se olvida el mandamiento de «No levantar falso testimonio ni mentir», y “se destroza la imagen ajena sin piedad”. La gracia nos preserva de “dejarnos arrastrar por la violencia que invade la vida social, porque aplaca la vanidad y hace posible la mansedumbre del corazón” ; el santo evita ser duro y actuar como juez de los demás, al contrario, aconseja poner a los demás por delante de si mismo en todas las cosas, especialmente a aquel que menos le agrada.

“La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad. La santidad que Dios regala a su Iglesia viene a través de la humillación de su Hijo, ése es el camino”. La humillación “es parte ineludible de la imitación de Jesucristo…”.

“No me refiero solo a las situaciones crudas de martirio, sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor…No es caminar con la cabeza baja, hablar poco o escapar de la sociedad. A veces, precisamente porque está liberado del egocentrismo, alguien puede atreverse a discutir amablemente, a reclamar justicia o a defender a los débiles ante los poderosos, aunque eso le traiga consecuencias negativas para su imagen”.

Aceptar la humillación es una propuesta irrisoria para el mundo, pero solo la paz que da el Señor permite mantener una seguridad interior y aguantar y perseverar en el bien. «Os doy mi paz; pero no como la da el mundo» (Jn 14,27).

Alegría y sentido del humor

El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado.

“Hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural… que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo».  Es una seguridad interior, una serenidad esperanzada que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos”.

El mal humor no es un signo de santidad; “a veces la tristeza tiene que ver con la ingratitud, con estar tan encerrado en sí mismo que uno se vuelve incapaz de reconocer los regalos de Dios”.

“No estoy hablando de la alegría consumista e individualista tan presente en algunas experiencias culturales de hoy. Porque el consumismo solo empacha el corazón; puede brindar placeres ocasionales y pasajeros, pero no gozo”, se refiere a la alegría de dar, de compartir, de vivir el amor fraterno.

Audacia y fervor

“Al mismo tiempo, la santidad es parresía: es audacia, es entusiasmo, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo”. Esto, animados por la certeza de que Jesús nos acompaña y de que el Espíritu Santo obra. Con este vocablo “la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás”; “la parresía es sello del Espíritu, testimonio de la autenticidad del anuncio”, seguridad de que ”nada podrá separarnos del amor de Dios”.

Muchas veces estamos tentados a quedarnos cómodos, “paralizados por el miedo y el cálculo”, entonces, como los apóstoles hay que pedir el empuje del Espíritu Santo.

“Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora”.

“Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras”…”Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí”.

La costumbre nos llama a dejar las cosas como están y “no enfrentarnos al mal”; “dejemos que el Señor venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia”, y abramos los sentidos y el corazón para ver lo que sucede a nuestro alrededor.

Pidamos al Señor la gracia y el valor para responder a los llamados del Espíritu a ejemplo de tantos que se dedican a anunciar el Evangelio y a servir con fidelidad “muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad”.

En comunidad

“Es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos”. El papa menciona varios casos de comunidades enteras que fueron canonizadas por las virtudes de todos sus miembros y el caso de matrimonios santos; “Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo espiritual”.

“La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado». Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera”...”La vida comunitaria, sea en la familia, en la parroquia, en la comunidad religiosa o en cualquier otra, está hecha de muchos pequeños detalles cotidianos. Esto ocurría en la comunidad santa que formaron Jesús, María y José, donde se reflejó de manera paradigmática la belleza de la comunión trinitaria. También es lo que sucedía en la vida comunitaria que Jesús llevó con sus discípulos y con el pueblo sencillo”. Los pequeños detalles de amor en una comunidad hacen presente al Resucitado, que la va santificando.

“En contra de la tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás” recordemos el deseo de Jesús: “Que todos sean uno, como tú Padre en mí y yo en ti”.

En oración constante

“Finalmente, aunque parezca obvio, recordemos que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios”…”aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos”.

Lo recomendado es “procurar andar siempre en la presencia de Dios”… “Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a él su corazón»”. “No obstante, para que esto sea posible, también son necesarios algunos momentos solo para Dios, en soledad con él”… haciendo “callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio”. Es allí donde es posible discernir lo que el Señor nos propone, escucharlo, dejarse “mirar por él”, dejar “que su fuego inflame tu corazón”…“Si no le permites que él alimente el calor de su amor y de su ternura, no tendrás fuego, y así ¿cómo podrás inflamar el corazón de los demás con tu testimonio y tus palabras? Y si ante el rostro de Cristo todavía no logras dejarte sanar y transformar, entonces penetra en las entrañas del Señor, entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina”. Este silencio no debe aislar del mundo, ni dejar atrás la historia: la propia vida, la Palabra revelada, lo que el Señor ha hecho por su iglesia, los beneficios que nos ha concedido, estos recuerdos alimentan la gratitud y la confianza.

La oración de intercesión “tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo”.

“Si de verdad reconocemos que Dios existe no podemos dejar de adorarlo, a veces en un silencio lleno de admiración, o de cantarle en festiva alabanza”.

“La lectura orante de la Palabra de Dios, “más dulce que la miel”, y «espada de doble filo» nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino”.

“El encuentro con Jesús en las Escrituras nos lleva a la Eucaristía, donde esa misma Palabra alcanza su máxima eficacia, porque es presencia real del que es la Palabra viva. Allí, el único Absoluto recibe la mayor adoración que puede darle esta tierra, porque es el mismo Cristo quien se ofrece. Y cuando lo recibimos en la comunión, renovamos nuestra alianza con él y le permitimos que realice más y más su obra transformadora”.

CAPÍTULO QUINTO
COMBATE, VIGILANCIA Y DISCERNIMIENTO

“La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida”.

El combate y la vigilancia

El combate no solo es contra la mentalidad mundana que nos va envolviendo y nuestras propias malas inclinaciones sino “una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal”.

Algo más que un mito “No aceptaremos la existencia del diablo si nos empeñamos en mirar la vida solo con criterios empíricos y sin sentido sobrenatural”. Aunque hay casos de enfermedades confundidas con posesiones, en la primera página de las Escrituras se habla de la victoria de Dios sobre el demonio, y Jesús mismo en la oración del Padrenuestro nos enseña a pedir al Padre que nos libere del Malo. “La expresión utilizada allí no se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo». Indica un ser personal que nos acosa. Jesús nos enseñó a pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine”. No es un mito ni un símbolo ni una idea; “Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar».

Despiertos y confiados “Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero. Si nos descuidamos nos seducirán fácilmente las falsas promesas del mal”… Alimentar lo bueno, el amor y el crecimiento espiritual es el mejor contrapeso ante el mal.

La corrupción espiritual «Estad en vela» …”Porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose”. Esto lleva a terminar peor que al principio.

El discernimiento

“¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo? La única forma es el discernimiento, que no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir. Si lo pedimos confiadamente al Espíritu Santo, y al mismo tiempo nos esforzamos por desarrollarlo con la oración, la reflexión, la lectura y el buen consejo, seguramente podremos crecer en esta capacidad espiritual”.

“El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios”, hace falta siempre para reconocer las inspiraciones del Señor en lo grande, en lo pequeño, en lo cotidiano y reconocer los caminos concretos que nos muestra. El discernimiento es un don sobrenatural que trasciende ciencias y sapiencias humanas, aunque no excluye sus aportes; “se trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y que se realiza en medio de los más variados contextos y límites”; el fin último es conocer al Padre.

“Si bien el Señor nos habla de modos muy variados en medio de nuestro trabajo, a través de los demás, y en todo momento, no es posible prescindir del silencio de la oración detenida para percibir mejor ese lenguaje, para interpretar el significado real de las inspiraciones que creímos recibir, para calmar las ansiedades y recomponer el conjunto de la propia existencia a la luz de Dios”

El discernimiento orante requiere la disposición de escuchar -al Señor, a los demás y a la realidad misma- y de renunciar a los propios puntos de vista, costumbres y esquemas. La escucha implica también obediencia al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia, que mostrarán un camino fecundo y actual.

“Una condición esencial para el progreso en el discernimiento es educarse en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros”; no estamos buscando satisfacciones personales ni obtener beneficios sino cumplir mejor la misión que Dios nos ha confiado; y no hay que impedirle la entrada en ningún aspecto de la propia vida.

***

“Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…».

Espero que estas páginas sean útiles para que toda la Iglesia se dedique a promover el eseo de la santidad. Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentémonos unos a otros en este intento. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar”.


Resumen del Resumen 

EXHORTACION APOSTOLICA GAUDETE ET EXSULTATE

(Alegraos y Regocijaos)

Sobre el Llamado a la Santidad en el Mundo Actual

 

CAPÍTULO PRIMERO - EL LLAMADO A LA SANTIDAD

El Señor llama a cada uno de nosotros: «Sed santos, porque yo soy santo”. No se trata de intentar imitar modelos de santidad inalcanzables sino de “encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos”; por ejemplo evitar hablar mal de los demás, escuchar con paciencia y afecto a los que nos rodean, en un momento de angustia conservar la fe y recurrir a la oración. Santos no solo son los reconocidos por la Iglesia gracias a sus virtudes heroicas y su entrega a los demás, sino personas cercanas que conocemos y que “aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor”, y todos los que reflejan a Dios con un testimonio de fe y caridad en su vida.

La santidad se mide por el grado en que modelamos nuestra vida según Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo; El Señor actúa también en medio de los errores; La santidad es el encuentro de tu humanidad con Dios, “de tu debilidad con la fuerza de la gracia”.

El llamado incluye contemplación y también acción; a veces podemos ser tentados a huir para no perder la paz o somos movidos por la ansiedad o el orgullo para hacer cosas que -en ese caso- no nos santificarán. Podrán darse momentos de mucha actividad, de distracción, de sentir profundo abandono o soledad, o acedia, pero cada uno de ellos debe ser vivido como “un escalón en nuestro camino de santificación”.  No hay que temerle a la santidad, porque para eso hemos sido creados y llamados a asumir “los roles como sal de la tierra y luz del mundo”; amados, liberados, dignificados y guiados por Dios.

 

CAPÍTULO SEGUNDO -DOS SUTILES ENEMIGOS DE LA SANTIDAD

 

Se trata de dos herejías que surgieron en los primeros siglos cristianos y que pueden de alguna manera estar manifestándose en nuestra vida.

El gnosticismo es la aceptación de una fe subjetiva e individualista en la que la persona se queda como encerrada en su propia razón y sentimientos; se pretende controlar el misterio de Dios y de su gracia, así como su obrar en la vida de los demás. Pero “Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa…no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar para encontrarlo”. Tampoco se puede pretender definir dónde no está Dios, porque él está misteriosamente en la vida de toda persona, aun cuando no lo parezca.

El pelagianismo Aunque la gracia de Dios es exaltada con palabras, la idea solapada que se transmite es que todo se puede con la voluntad humana, “a lo que se añade” la gracia de Dios; pero, justamente, el no reconocer con humildad nuestros limites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros. No hay que olvidar que no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, realmente todo es gracia pues “«frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito alguno de parte del hombre”.

Los nuevos pelagianos son los que se empeñan en lograr -con sus propias fuerzas- éxitos en cuestiones legales, políticas o sociales en lugar de dejarse llevar por el Espíritu para comunicar el Evangelio a tantos sedientos de Cristo. Otros complican el Evangelio “quitándole su sencillez cautivante y su sal” por darle demasiada importancia a ciertas normas, costumbres o estilos; No hay que desviar la mirada de las “dos riquezas que no desaparecen: Dios y el prójimo”.

 

CAPÍTULO TERCERO -A LA LUZ DEL MAESTRO

 

Que mejor que recoger las sencillas palabras de Jesús en el sermón de la montaña para explicar cómo ser santos.

«Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos»

El Evangelio nos invita a reconocer en dónde tenemos puesta la seguridad de nuestra vida. Normalmente el rico se siente seguro con sus riquezas, satisfecho de sí mismo y no tiene espacio ni para la palabra de Dios ni para amar a los hermanos ni para gozar de otros bienes mayores. “Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad”. Esto es alcanzar una «santa indiferencia» y libertad interior que nos permite aceptar con paz todo lo que nos venga.  El Evangelio también sugiere parecernos más a Jesús llevando una vida austera en lo material. Ser pobre en el corazón, esto es santidad.

 

«Felices los mansos, porque heredarán la tierra»

En un mundo en que se vive en actitud defensiva y crítica, donde reina el orgullo y la vanidad, Jesús propone otro estilo: la mansedumbre. “Él dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas». “Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles.”

“Aun cuando uno defienda su fe y sus convicciones debe hacerlo con mansedumbre”; No importa parecer débil; Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.

 

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados»

“El mundo no quiere llorar”; “El mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión…”. El mundano prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas y huir de una realidad donde “nunca, nunca, puede faltar la cruz”.

“La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas”. Saber llorar con los demás, esto es santidad.

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados»

Jesús le dice a los que de verdad anhelan la justicia que serán saciados, “ya que tarde o temprano la justicia llega, y nosotros podemos colaborar para que sea posible, aunque no siempre veamos los resultados de este empeño”. “Pero la justicia que propone Jesús no es como la que busca el mundo, tantas veces manipulada…”; es la que empieza por uno mismo, siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.

 

«Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»

“La misericordia tiene dos aspectos: es dar, ayudar, servir a los otros, y también perdonar, comprender. Mateo lo resume en una regla de oro: «Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella»”, aplicable especialmente en casos difíciles.

 

En esto insisten los evangelistas: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará. «Con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (medida para dar, comprender y perdonar). “No nos conviene olvidarlo”.

Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.

 

«Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios»

“Esta bienaventuranza se refiere a quienes tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad”; “En la Biblia, el corazón son nuestras intenciones verdaderas, lo que realmente buscamos y deseamos, más allá de lo que aparentamos…” ; Dios sabe «lo que hay dentro de cada hombre»”. Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad.

 

«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios»

Algo muy común son los malentendidos. “El mundo de las habladurías, hecho por gente que se dedica a criticar y a destruir, no construye la paz. Esa gente más bien es enemiga de la paz y de ningún modo bienaventurada”. “Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social”; “Y si en alguna ocasión en nuestra comunidad tenemos dudas acerca de lo que hay que hacer, «procuremos lo que favorece la paz» porque la unidad es superior al conflicto”.

“No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses”. Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza”. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.

 

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»

“No se puede esperar, para vivir el Evangelio, que todo a nuestro alrededor sea favorable, porque muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra”. “La cruz, sobre todo los cansancios y los dolores que soportamos por vivir el mandamiento del amor y el camino de la justicia, es fuente de maduración y de santificación”. Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad.

El gran protocolo Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en el capítulo 25 de San Mateo hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». Este llamado a reconocer a Cristo en los pobres y sufrientes “revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse”.

El papa Francisco exhorta a cambiar la forma de ver a un hermano necesitado, no como una molestia sino como “un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos!” Y no solo se trata de realizar algunas buenas obras sino de buscar cambios sociales y económicos que acaben con la exclusión.

No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo -cualquiera que ella sea-. La misericordia con el prójimo es el sacrificio que más le agrada y le da gloria a Dios, a la vez que nos santifica; “es la llave del cielo” porque nos hace verdaderos hijos de Dios.

***

“La fuerza del testimonio de los santos está en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final. Son palabras sencillas para ser practicadas en la vida cotidiana, por eso el Santo Padre recomienda “releer con frecuencia estos textos bíblicos, orar con ellos, intentar hacerlos carne. Nos harán bien, nos harán genuinamente felices”.

 

CAPÍTULO CUARTO -ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL

 

Además de los medios de santificación conocidos como la oración, la Eucaristía y la Reconciliación, el papa Francisco quiere destacar los siguientes:

Aguante, paciencia y mansedumbre: estar centrado, firme en torno a Dios que ama y que sostiene; no devolver «a nadie mal por mal»; no querer hacerse justicia por cuenta propia; vencer «al mal con el bien»; «Desterrar la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad». El santo evita ser duro y actuar como juez de los demás. La humillación es otra parte “ineludible de la imitación de Jesucristo…” , un ejemplo es elegir las tareas menos brillantes, soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor, callar en lugar de elogiarse.

Alegría y sentido del humor El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado; aún en tiempos de dolor, nada puede destruir la alegría sobrenatural que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Se encuentra la alegría en dar, en compartir, en vivir el amor fraterno.

Audacia y fervor, entusiasmo y empuje evangelizador, animados por la certeza de que Jesús nos acompaña y de que el Espíritu Santo obra; Muchas veces estamos tentados a quedarnos cómodos, “paralizados por el miedo y el cálculo”, entonces, como los apóstoles hay que pedir el empuje del Espíritu Santo.

En comunidad “La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado»” que la va santificando; Él se hace presente a través de los pequeños detalles cotidianos de la vida comunitaria, sea en la familia, en la parroquia, en la comunidad religiosa o en cualquier otra.

En oración constante El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios”…”aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos”.

Lo recomendado es “procurar andar siempre en la presencia de Dios”… “sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa”; No obstante, también son necesarios algunos momentos a solas con Dios, para escucharlo, para dejar que nos mire y nos inflame el corazón; con gratitud por todo lo que ha hecho, por todo lo que nos ha dado, con confianza.

La oración de intercesión “tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo”.

“Si de verdad reconocemos que Dios existe no podemos dejar de adorarlo, a veces en un silencio lleno de admiración, o de cantarle en festiva alabanza”.

“La lectura orante de la Palabra de Dios, “más dulce que la miel”, y «espada de doble filo» nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino”.

“El encuentro con Jesús en las Escrituras nos lleva a la Eucaristía, donde esa misma Palabra alcanza su máxima eficacia, porque es presencia real del que es la Palabra viva. Allí, el único Absoluto recibe la mayor adoración que puede darle esta tierra, porque es el mismo Cristo quien se ofrece. Y cuando lo recibimos en la comunión, renovamos nuestra alianza con él y le permitimos que realice más y más su obra transformadora”.

 

CAPÍTULO QUINTO -COMBATE, VIGILANCIA Y DISCERNIMIENTO

 

Combate y Vigilancia. “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida”. Jesús mismo en la oración del Padrenuestro nos enseña a pedir al Padre que nos libere del Malo, “un ser personal que nos acosa”. “No es un mito ni un símbolo ni una idea”; “Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios”.

Para el combate tenemos la oración, la Palabra de Dios, la Misa, la adoración eucarística, la confesión, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero”. Alimentar lo bueno, el amor y el crecimiento espiritual es el mejor contrapeso ante el mal.

“Estad en Vela”, porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios pueden descuidarse y caer en tal tibieza espiritual, que terminan peor que al principio.

El discernimiento “¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo? La única forma es el discernimiento, que no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir y desarrollar. No solo es necesario en momentos extraordinarios, hace falta siempre para reconocer las inspiraciones del Señor en lo grande, en lo pequeño, en lo cotidiano, y requiere la disposición de escuchar -al Señor, a los demás y a la realidad misma- y de renunciar a los propios puntos de vista, costumbres y esquemas. La escucha implica también obediencia al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia, que mostrarán un camino fecundo y actual.

 

***

“Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña… Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica… Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentémonos unos a otros en este intento. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar”.